La acogida de Ginebra

JOAQUÍN RIVERY
Enviado especial

Curiosa, llamativa, de calles curvilíneas, con su mezcla de los edificios modernos y las construcciones de características alpinas y su fama por albergar a buena parte del sistema de Naciones Unidas, la ciudad se alza rodeada de montañas con sus picos cubiertos por sombreros de nieve.

Si uno se interna en la parte vieja por sus callejuelas estrechas y sube los 146 peldaños que llevan a lo alto de la Catedral de San Pedro, puede divisar los distintos colores de los techos a dos aguas que marcan un tipo de arquitectura alpino.

Los primeros pobladores conocidos de estas regiones fueron la etnia de los alobrogios, pero un día llegaron los romanos con sus legiones y el territorio se convirtió en provincia bajo el nombre de Gallia Narbonensis.

En el siglo IX es capital del reino de Borgoña y se integra al Santo Imperio Romano-germano en 1032, pero en los siglos XV y XVI está bajo el gobierno de los condes y duques de Saboya.

Acogió bien a Juan Calvino cuando Lutero inició la Reforma y se convirtió en lugar de refugio para los protestantes perseguidos y entró a la Confederación Helvética (Suiza) desde 1815.

Con 176 000 habitantes, Ginebra es la segunda ciudad suiza por sus dimensiones, pero también es el cantón (provincia) más occidental del país, con 414 000 ciudadanos. Oficialmente, su nombre es cantón y república de Ginebra.

Su reconocido papel como sede internacional comenzó en 1920, cuando alojó a la Sociedad de Naciones hasta 1947. Desde el siglo XIX comenzaron a firmarse en ella convenciones internacionales y hoy alberga a la Cruz Roja Internacional, la Organización Internacional del Trabajo, la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial de Comercio y otras instituciones de carácter mundial.

 

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