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Roble de olor y Kamchatka
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
Bastante
se ha escrito acerca de las significaciones de Roble de olor,
primer largometraje de Rigoberto López, un director que desde hace
mucho se sabía que contaba con lo que se necesita para saltar de la
documentalística a la ficción. El saldo de su cinta confirma lo
anterior: Roble de olor está realizada con buen pulso en su
progresión narrativa (primer gran reto para un debutante) y no
obstante alguna que otra discutible desmesura dramática (el asesinato
de los músicos negros por un enfurecido matón al servicio de la
reacción blanca), la historia de ficción basada en algunos hechos
reales transcurre por cauces de verosimilitud. Música y fotografía,
a partir de los cánones románticos sobre los que se sustentan,
cumplen su cometido, aunque la ultima expresión —en su ánimo de
captar lo bucólico-utópico— se excede en imágenes rebuscadamente "bonitas".
No hay duda de que nuestro
cine necesita de películas como estas que nos remitan a un pasado
conectado con no pocos aspectos del presente. Intención, sin embargo,
que se deja ver más de lo necesario mediante unos diálogos que —principalmente
en la primera parte— no logran despojarse de su génesis literaria y
a veces resultan tan sentenciosos como aleccionadores.
La historia de amor entre
el alemán y la haitiana, que hacen del cafetal Angerona una quimera
de relaciones de producción de nuevo tipo en tiempos de la
esclavitud, se convierte en un contrapunteo entre el mundo de los
blancos y el de los negros. En estos contrastes, Roble de olor
logra buenos momentos, aunque se excede en su intencionalidad de
deslumbres: los personajes blancos se deslumbran y vuelven a
deslumbrarse ante lo que pueden realizar los esclavos, y en especial
la orquesta que integran y sobre la que se gira en demasía. Por
supuesto que como recurso dramático, esa desemejanza prejuiciosa
entre dos culturas funciona a las mil maravillas, pero cuando se abusa
de ella sale a relucir entonces el índice de la subrayada
intencionalidad, mucho menos vital en el campo artístico que el de la
sugerencia. Algo que también se detecta en la relación entre el
joven esclavo y la diabólica alemanita, demasiado visto en películas
y telenovelas, lo que no quiere decir que resulte campo vedado de
nuevas historias, siempre y cuando se sacuda el esquema y se le
confiera renovada significación al asunto.
Jorge Perugorría saca con
eficiencia, y no pocos buenos momentos, su papel del alemán soñador,
pero esta es una historia que aunque abarque importantes aspectos
sociales e históricos se sustenta sobre una fuerte pasión amorosa. Y
esa química —palabra tan recurrente— entre él y la haitiana
interpretada por Lia Chapman no llega a cuajar. El filme tiene buenas
actuaciones y otras no tanto, que en ocasiones, mediante sus énfasis,
hacen pensar en bandos de buenos y malos.
Son algunos señalamientos
particulares de una película que —sin olvidar imperfecciones
propias de una primera vez— puede verse como una hermosa fábula de
amor y de sueños inscrita en un pasado que no lo es tanto.
Kamchatka, la
última película del siempre taquillero, pero nunca "redondo" Marcelo
Piñeyro, presenta en su imposición narrativa el mayor reto en cuanto
al recibimiento que pueda tener. La historia transcurre al principio
de la dictadura militar argentina, pero los realizadores dan por
descontado que los espectadores conocen la situación, quizá mediante
filmes que hablaron de aquel horror, como La noche de los lápices
y otros más. Así pues, ese espectador debe rellenar con sus
conocimientos lo que la cinta no dice. Algunos han querido ver en esa
elipsis de no contar lo que "sucede afuera" el mayor mérito del
filme. Otros se defraudan porque la historia del matrimonio con dos
hijos escondidos en una finca sugiere que algo más que "el amor de
los padres por sus hijos" (¡algo grande, pero bien sabido!) va a
suceder.
Sin dejar de reconocer los
méritos de Kamchatka en no pocos rubros de su realización, me
inscribo en el bando de los medianamente defraudados. Es obvio que
Piñeyro no quiere seguir el mismo camino ilustrativo de filmes al
estilo de La vida es bella, pero después de agotar algunas
referencias prometedoras, como el vínculo afectivo que establece el
niño mayor con la historia de Houdini y también con el joven
escondido por un tiempo en la residencia, no lleva estos lazos a
ninguna parte. Y la trama se fatiga. Al final, una subida sentimental
esperada y previsible desde el comienzo del filme cuando el niño
cuenta "...la última vez que vi a mi padre...".
Película interesante y
afectiva sin duda, pero siempre a partir del punto de vista (y
conocimientos) que de antemano asuma el espectador para enfrentar los
hechos.
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