Cuando uno se detiene a pensar en las
condiciones en que zarpó el yate Granma del puerto mexicano de
Tuxpan hacia Cuba, el 25 de noviembre de 1956, con el contingente
revolucionario comandado por Fidel, llega a la conclusión que si la
Patria está de por medio, no hay imposibles para los cubanos.
Nada podría impedir la marcha de la
historia ante tantos obstáculos a superar por los combatientes,
para iniciar esta otra guerra necesaria y justa.
Primero, la falta de recursos,
persecuciones, cárcel, incautación de sus mejores armas, y luego,
la salida al mar por el río Tuxpan, en noche tormentosa y
silenciosa, rota solo cuando ya en el golfo los futuros libertadores
cantarían el Himno Nacional.
Atrás quedaba México con su carga
de entrega y sacrificio a donde había llegado Fidel Castro en julio
de 1955, dos meses después de salir de la prisión tras el ataque
al cuartel Moncada.
El tirano Batista se imponía en el
poder por el terror y la muerte. No había, como diría el líder
revolucionario al partir hacia el país azteca, otra solución como
no fuera la del 68 y el 95.
Ya en suelo mexicano se dio a la
tarea de juntar voluntades para el noble empeño de libertar a la
Patria, y como Martí, creó allí y en Estados Unidos los clubes
revolucionarios. Proclamaría entonces su compromiso con los
cubanos: "en 1956 seremos libres o seremos mártires".
Días difíciles debió vencer para
conseguir las primeras armas. Y muy duro serían también para él
aquellos días, cuando apenas unos meses antes de partir a la Patria
irredenta, buena parte del armamento caía en manos de la policía
local.
Supo, sin embargo, sobreponerse a la
angustia y como Martí, en el desastre de la Fernandina, emprendió
de nuevo la tarea de tocar a las puertas de la emigración para
poder cumplir su compromiso de regresar a Cuba tal como lo había
prometido, aunque fuese, al decir del Apóstol Martí, en una
cáscara de nuez.
Mientras el líder de la Revolución
reiteraba su promesa, los alabarderos de la tiranía hacían mofa de
su prédica. No podían creer en el patriotismo que animaban a aquel
joven adelantado a su tiempo.
La mentira y la calumnia era cosa de
todos los días. Vinculaban el empeño revolucionario de Fidel y sus
combatientes, al dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo y a
otros personeros de la república mediatizada.
No eran capaces de entender que una
Revolución de verdad se les venía encima.
El 2 de diciembre de 1956, Fidel
cumplía con su palabra y el Granma llegaba a "Los
Cayuelos", en la indómita región oriental, con su preciosa
carga de combatientes a bordo. Recomenzaba así la guerra inconclusa
de Carlos Manuel de Céspedes y José Martí, que dos años y 29
días después, nos haría libres para siempre. (AIN)