Flores de los nuevos tiempos

Texto y fotos: PASTOR BATISTA VALDÉS

CRUCERO DE JOBABITO, Las Tunas.— Cuando este siglo y el tercer milenio echaron a andar juntos de la mano, a Dinneris Acosta Cutiño no le faltaban razones para la alegría: en lo fundamental en su hogar había salud, para su pequeño hijo (Hamlet) no sería una tragedia la inserción a la vida escolar, las relaciones de la familia con otras del caserío eran inmejorables...

Dinneris ha descubierto en la Computación la razón de ser de sus días.

Solo un detalle sembraba cierto grado de preocupación en la joven: necesitaba trabajar, sentirse útil, incorporarse a alguna actividad que, además de mejorar la economía del hogar (sustentada solo en Augusto, su padre), la ayudase a llenar el espacio espiritualmente vacío. Sus mejores años de juventud se escapaban sin vínculo alguno con el estudio o con el trabajo.

"Como mujer no me era fácil hallar empleo aquí en el crucero de Jobabito —explica— es una zona rural, bastante alejada de Las Tunas y de Guáimaro, pero un día me enteré, por medio de un amigo llamado Onelio Ávila, que estaban abriendo nuevos programas de superación para jóvenes desvinculados del estudio y del trabajo. Me volví como loca de alegría y sin perder tiempo ingresé en un curso de seis meses, en Bartle, que me permitió reactualizarme o nivelar mis conocimientos. También me preparé en Computación.

"Tú no puedes imaginar lo que para mí significó esa oportunidad. En 1994 yo me había incorporado al Servicio Militar voluntario femenino. Soñaba con acogerme a los beneficios de la Orden 18 del Ministro de las FAR y continuar estudios superiores, pero por imprevistos de tipo familiar en mi vida se interrumpieron mis aspiraciones."

¿Trabajas actualmente o continúas estudiando?

"Ambas cosas. Gracias a lo que aprendí en ese curso hoy imparto clases de Computación a niños que estudian hasta tercer grado en la escuela José Antonio Echeverría, aquí mismo, cerca de mi casa. Otro profesor llamado Rogelio Téllez atiende a los que están en cuarto, quinto y sexto grados.

"Este año empecé mi licenciatura en Informática. Cada 15 días viajo a la sede Conrado Benítez, en Las Tunas; somos más de 30 alumnos, la mayor parte mujeres. Al principio tenía un poquito de miedo, ahora me siento totalmente segura. Es increíble lo útiles que ya me resultan asignaturas como Pedagogía, Psicología o Didáctica de la Informática... Cada día me gusta más mi trabajo y nada me detendrá hasta terminar los cinco años de estudio."

OTRA FLOR PARA SAN ALBERTO

Amancio, 5:00 a.m. El tractor rezonga anunciando la partida. Entre las personas que se ciñen a la baranda del remolque está una sencilla muchacha de 29 años de edad, llamada Miralis Cano Ramírez. No es ese el viaje ocasional que se da un día para visitar a algún pariente. Es el inicio del itinerario que se cubre cada madrugada, a lo largo de una hora o más, por irregulares terraplenes, para llegar temprano a un intrincado lugar llamado San Alberto, donde una docena de niños tiene exactamente el mismo derecho a la educación que quienes viven en las más céntricas o populosas arterias de la ciudad.

Ahora Miralis siente un triple orgullo: mujer, madre y educadora.

"No te niego que eso de levantarme a las cuatro de la madrugada es difícil —reconoce Miralis— y que me resulta molesto irme encima de una carreta, pasar todo el día allá y regresar al atardecer en el transporte que aparezca. Pero por encima de todo eso hay dos cosas que me alegran: la satisfacción que siento al lado de esos niños y lo agradecida que estoy de esta Revolución por la posibilidad que me ha dado para trabajar."

¿Antes no lo hacías?

La joven permanece pensativa unos segundos, como esbozando una respuesta y dice:

"Mi historia es curiosa. En edad muy temprana tuve un niño (Alden Pantoja), que ahora tiene 11 años. Por esa razón terminé el duodécimo grado en la Facultad. Mi esposo, maestro, siempre me animó y ayudó para que yo siguiera estudiando. Pero un día vino el divorcio y se me complicaron las cosas. Trabajé como obrera en la agricultura cañera y en la recepción del cuerpo de guardia del hospital. Después me casé de nuevo, tuve a mi pequeña Virmarys y volví a convertirme en ama de casa.

"¿Y quieres que te diga lo que le sucede a una mujer joven metida entre cuatro paredes?: se embrutece, se aburre, se estanca, se dedica a celar al marido... Por eso un día me dije: No puedo seguir así, y apenas tuve una oportunidad me incorporé a un curso de seis meses en el Joven Club de Computación de aquí de Amancio. Por ese tiempo abrieron un curso de Educación y lo aproveché también. Mi marido no estaba de acuerdo pero seguí adelante. Yo también tengo derecho a realizarme y a ser útil.

"Fui ubicada luego en la escuelita rural Juan Pedro Carbó. Estoy dando mis primeros pasos en Educación. Poco a poco ganaré en experiencia. Invierto bastante tiempo en prepararme. Como te dije, la escuela está lejos, pero me siento bien. Cuento con la ayuda de mi directora, Ana Lourdes, y de mi hermana María Luisa que hace 17 años es maestra. Pero sobre todo, cuento con el cariño de esos niños que me impresionaron desde el primer día, y con la modestia de sus padres."

Del mismo modo que tú, y por los más diversos motivos, algunos jóvenes de ambos sexos se han apartado del estudio y del trabajo, ¿qué sugerencia les harías?

"Mucha gente no imagina la tremenda oportunidad que nos da el país con estos cursos. Quienes no aprovechen hoy esas posibilidades tal vez lo lamenten mañana. En ningún lugar del mundo es posible una cosa así. Yo no me canso de decírselo a mi hermana Marbelys. Ahora tiene 25 años y toda una vida por delante. A ella y a todos los que hoy están con los brazos cruzados sin hacer nada, yo solo les doy un consejo: aprovechen este momento... el tiempo y la vida dirán la última palabra."

 

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