El rechazo de 179 estados miembros de
la ONU a la guerra económica de Washington contra Cuba es un
episodio de tremenda trascendencia, si se tienen en cuenta los aires
hegemónicos que se originan y soplan en la Casa Blanca.
Pero si la votación sobre el bloqueo
a la mayor de las Antillas constituye una muestra de los deseos de
justicia en este convulso planeta, también indica la urgencia de
fortalecer los mecanismos internacionales y brindarles la influencia
de la que ciertos centros de poder les han privado.
No se concibe, y lo señalaron
diversos oradores que acudieron a la tribuna de la Asamblea General
de la ONU, que por más de una década los pueblos rechacen la
criminal política contra Cuba y que el imputado ignore semejante
veredicto sin que reciba algún tipo de sanción.
Es un comportamiento prepotente que
trasluce otra vez lo que la comunidad internacional significa para
Washington: papel mojado.
¿Acaso esta actitud no recuerda los
lances diplomáticos previos a la invasión a Iraq, lanzada
finalmente por la Casa Blanca contra el criterio mayoritario del
resto del mundo?
Entonces no hubo pudor entre los
funcionarios norteamericanos para indicar que la guerra iba, a pesar
de la oposición del planeta y contra la voluntad de las Naciones
Unidas, cuyo prestigio y autoridad fueron puestos nuevamente en
evidencia.
Para George W. Bush y sus acólitos
la ONU vale en la misma medida en que resulte utilizable. Mientras,
es un objeto obsoleto.
Y ciertamente hablamos de un
derrotero muy peligroso, porque al final lo que se trasluce es que
no existe autoridad global capaz de refrenar al imperio y sus
torcidas decisiones.(AIN)