|
Conmociones y comentarios colaterales
ANDRÉS D. ABREU
Así son las Bienales y
las Ferias, se prestan para muchas cosas alrededor del arte sobre todo
porque los creadores buscan con mayor intensidad provocar una nueva
conmoción en sus seguidores, o dar el primer golpe de impacto si se
trata de noveles o desafortunados desconocidos.
Caleidoscopio, instalación de Walter Velázquez y Víctor Viera dentro la muestra Circuito Cerrado.
Y así es la Octava Bienal
de La Habana por estos días, un constante intento de muchos artistas
por provocar la mirada primero, la atención después, la reflexión
un buen rato y el comentario sobre sus obras durante el mayor tiempo
posible.
Recuerdo que en la jornada
inaugural mucha gente rondó a Guillermo Ramírez Malberti y su
bicicleta en el Centro de Desarrollo y, junto a los origamis de papel
de Luis García y Miguel Moya, se convirtieron en comidilla sostenida
del debate hasta que el performance de Mendive bajo un torrencial
aguacero llevó los ánimos hacia otras motivaciones espirituales.
De los restantes días que
ya alimentan la historia de esta Octava Bienal también van siendo
noticias el jardín Zen que Ponjuán ha recreado muy a su manera en el
Koan del Museo del Ron; el performático Récord Güines
de ENEMA; la mesa de frutas que como instalación muy efímera
acompañó en el Taller de Serigrafía a la exposición Camafruta,
de Aisar Abdala, y la intervención colectiva Entre cortinas
realizada por 19 artistas en el agromercado de las calles 3ra y C.
Mientras, otros
tejemanejes críticos apuntan sobre la seducción provocada por
Déborah Nofret en sus Penitencias (dentro de la confabulación
femenina del Centro Provincial de Artes Plásticas), la aparición en
la Casa Guayasamín del camagüeyano Michel Ángelo García —invitado
por Aziyadé Ruiz (en un favorable salto a la instalación)—, y la
intervención de la Biblioteca Nacional por un Circuito Cerrado
de jóvenes creadores, que se expresa en su propio concepto curatorial
como un vale todo.
Espacio aparte dedico a
estas tres últimas conmociones.
A la Nofret, porque aunque
desde hace algún tiempo viene retocando a lo retro del cuerpo
(el suyo principalmente) y las perturbaciones interiores que pueden
transpirarse de su representación foto-digital, ahora consiguió
defenderse (entre la fuerza de las imágenes de otras artistas como
Sandra Ramos, Lidzie Alvisa y Ángeles Agrela) con una pieza de gran
formato y otra seducción: la provocación indagatoria del viaje hacia
lo abstracto a partir de la reiteración obsesa del ícono
indispensable.
A Aziyadé Ruiz porque va
descubriéndose muy sincera y personal desde un Nosotros que,
tal vez por desprenderse desde la más firme intimidad, le ha brindado
nuevos asideros a su evolución y la posibilidad de una alocución
visual superior.
Y a Circuito Cerrado
porque bien vale recordar en medio de las llamas que circundan a toda
Bienal, esos peligros que Virgilio Piñera escribió en El infierno,
y también porque a los menores se les debe dejar jugar por ser en
este caso la esperanza del arte. Pero cuidado, y eso deben saberlo:
aún algunos son solo esperanza.
|