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Alzamiento de Las Clavellinas
Mantuvo encendida la llama redentora
ENRIQUE ATIÉNZAR
RIVERO
CAMAGÜEY.—
El alzamiento de los 76 camagüeyanos ocurrido el 4 de noviembre de
1868 para secundar el grito de independencia lanzado el 10 de
octubre por Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua, fue un
desafío a las autoridades españolas, que reforzaron en Puerto
Príncipe (actuales Camagüey y Ciego de Ávila) las medidas para
evitar que se originaran actos similares.
No fue un hecho
fortuito. La demostración de hidalguía de los camagüeyanos tenía
sus antecedentes en un movimiento que venía gestándose desde fecha
tan temprana como el 2 de agosto en una reunión celebrada en la
finca San Miguel de Rompe, ubicada en el camino de Las Tunas a
Nuevitas, con la participación de 15 delegados, entre ellos
Céspedes y Salvador Cisneros Betancourt.
Con la fecha propuesta
por Céspedes, el 3 de septiembre, hubo opiniones contrarias,
expresadas por los camagüeyanos y el holguinero Belisario Álvarez,
quienes sostenían que era necesario esperar para enfrentar la falta
de recursos y extender la propaganda al resto de la Isla.
En septiembre los
patriotas volvieron a verse las caras, esta vez en la finca Miñoz.
Cisneros y Augusto Arango llevaban instrucciones precisas de la
Junta Revolucionaria de Camagüey de no acceder al alzamiento si no
se contaba con la aprobación de los revolucionarios de Las Villas y
Occidente, por lo que se comisionó al primero para que viajara a La
Habana con el propósito de conocer si el occidente apoyaba los
planes de Camagüey y Oriente.
Por razones de seguridad
y tener noticias de que las autoridades españolas habían dado
orden de detener a un grupo de patriotas, los orientales decidieron
adelantar la fecha en reunión sostenida en El Rosario, a dos leguas
de Manzanillo.
Algunos historiadores
describen que el levantamiento de La Demajagua fue conocido en
Camagüey en horas de la noche del propio día, y no faltó la
actuación de locales que marcharon al campo para organizar
pequeños grupos que comenzaron a operar por toda la jurisdicción.
De regreso a Puerto
Príncipe, Salvador Cisneros Betancourt sostuvo contactos con los
conspiradores y les expresó la conveniencia de secundar de
inmediato a los orientales. Y es así como el 4 de noviembre los 76
camagüeyanos se reunieron en el paso del río Las Clavellinas, unos
15 kilómetros al Norte de la actual capital de la provincia, donde
se daban los primeros pasos organizativos de la lucha armada.
De allí se
trasladarían al ingenio El Cercado, donde juraron la bandera y
eligieron a Jerónimo Boza Agramonte como jefe superior, y se
ramificaron en siete destacamentos, encabezados por Manuel Boza
Agramonte, Eduardo Agramonte Piña, Martín Loynaz Miranda, Ignacio
Mora, José Recio, Francisco Arteaga y Manuel Agramonte. También se
reportaron acciones en Guáimaro, poblado que fue tomado por otro
grupo bajo las órdenes de Luis Magín Díaz y los hermanos Augusto
y Napoleón Arango.
Salvador Cisneros se fue
a la manigua el 5 de noviembre, e Ignacio Agramonte lo hacía el 11
en el ingenio Oriente, próximo a Sibanicú.
Elementos vacilantes,
encabezados por Napoleón Arango, argumentaron que el camino de las
armas era innecesario. Así lo plantearon el 18 de noviembre en una
reunión convocada en Las Clavellinas, pero los discursos de Ignacio
Mora, Manuel de Jesús Valdés y Tomás Agramonte Riverón,
convencieron a los presentes de lo contrario.
Decisiva para el futuro
de la insurrección en Camagüey fue la reunión del paradero de Las
Minas, el 26 de noviembre de ese año, ocasión en la que Ignacio
Agramonte y Loynaz destruyó el nuevo intento claudicante del grupo
que pretendía someterse al poder colonial a cambio de reformas.
Decidida la
continuación de la lucha, quedó constituido el Comité
Revolucionario del Camagüey, formado por Salvador Cisneros
Betancourt, Ignacio Agramonte Loynaz y Eduardo Agramonte Piña,
quienes designaron para la dirección militar a Augusto Arango
Agüero.
El bautismo de fuego de
los patriotas camagüeyanos ocurrió el 28 de noviembre en Bonilla
frente a las tropas de Blas Villate Conde de Valmaseda, quien con
800 hombres de las tres armas avanzaba por la línea férrea hacia
Nuevitas.
La emboscada tendida por
los patriotas obligó al oficial español a ordenar la retirada y
desviar la ruta hacia San Miguel de Nuevitas, trayecto en que
recibió hostigamiento por grupos insurrectos en los ingenios La Fe
y Santa Isabel, en La Consolación y en el paso del río Arenillas.
Era una buena lección de que en Camagüey se mantenía encendida la
llama redentora. |