Desde el 3 de febrero de 1962, cuando
Estados Unidos hizo oficial la mezquina política de bloquear
a Cuba, no ha cesado la hostilidad para provocar todo tipo
de dificultades y el colapso de la economía en uno de sus más
sensibles soportes: los combustibles energéticos.
Con la Ley Torricelli en 1992 y la
Helms-Burton en 1996, dirigidas a ahogar aún más a Cuba en el ámbito
económico internacional al desaparecer los vínculos con el campo
socialista, la industria petrolera tuvo que sortear nuevos escollos
y retornar a terceros mercados e intermediarios para sus
importaciones.
Entre 1991 y 2000 los sobregastos por
la compra de combustible a través de intermediarios y el pago de
altos fletes se estimó en unos mil 500 millones de dólares.
Tales leyes y regulaciones que
afectan a Cuba y que, además, extienden su acción contra la
comunidad internacional, han sido complementadas con ulteriores
disposiciones y medidas dirigidas a profundizar el bloqueo.
Limitaciones a líneas regulares de
buques para el trasiego de combustibles, su adquisición en lejanos
mercados y la limitada concurrencia de proveedores dispuestos a
comerciar con Cuba, son algunas de sus más relevantes
consecuencias.
No obstante, la producción nacional
de crudo actualmente rebasa en ocho veces a la alcanzada en 1990 y
la electricidad se genera en más de un 90 por ciento con
combustibles nacionales, gracias entre otros factores, a la
presencia de compañías extranjeras que en franco desafío al
bloqueo comparten proyectos en la búsqueda y exploración a riesgo
de petróleo.
Esas entidades enfrentan grandes
dificultades para adquirir bienes y servicios requeridos para sus
operaciones, dada la imposibilidad de obtenerlos en Estados Unidos.
El aumento de los costos por la
adquisición en otros mercados y la demora de los suministros para
la ejecución de los trabajos, ha provocado hasta la fecha gastos
superiores a los 160 millones de dólares.
Por la compra de plantas, equipos,
tuberías, productos y otros suministros para la industria del petróleo,
se pagó un 15 por ciento de intermediación por encima del valor de
las compras, lo que anualmente representa sobregastos por unos 12
millones de dólares en la importación de esas piezas e insumos.
Baste decir que la perforación de un
pozo en Cuba cuesta un 25 por ciento más que en otros países sin
condiciones de bloqueo.
Otro significativo ejemplo son las
limitaciones para disponer de los servicios de empresas
estadounidenses de primer nivel especializadas en estudios geofísicos
y registros de pozos, lo que obliga a su contratación en entidades
menos reconocidas y lejanas.
A ello se suma que cada año, a pesar
de la privilegiada situación geográfica para el reabastecimiento
de combustible a barcos que navegan cercanos a sus costas, Cuba deja
de vender unos 75 millones de dólares.
Muchos han sido los negocios
boicoteados, las conversaciones interrumpidas entre empresas cubanas
y compañías extranjeras por las presiones y amenazas de los
Estados Unidos, todas denunciadas dadas sus implicaciones y
afectaciones.
Los daños del bloqueo lo son tanto
para el crecimiento y desarrollo económico de Cuba, el bienestar y
salud de su población, como también para el clima que debe
prevalecer en la esfera del comercio internacional, lo que ha sido
reconocido desde 1992, de forma contundente, por la Asamblea General
de las Naciones Unidas. (AIN)