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Poderes divinos
ROLANDO PÉREZ
BETANCOURT
La literatura también
sirve para aprender de las huellas que en los libros dejan sus
lectores.
La vieja certeza cobra
actualidad en estos días, luego de que algunos periódicos europeos
se hicieron eco de una conferencia de prensa ofrecida en Austria por
el historiador norteamericano Timothy Ryback acerca de lo que
revelaron estudios realizados con libros que pertenecieran a Hitler,
a partir de anotaciones y marcas suyas aparecidas en los textos.
Aunque lo declarado por
Ryback es interesante, a decir verdad no resulta nada nuevo.
Estudios como esos se han realizado desde hace años, incluso con
los mismos textos que cita el historiador. Entonces, como ahora,
sobresalieron dos aspectos: el interés de Hitler por los Escritos
alemanes de Paul de Lagarde, uno de los nacionalistas más
furibundos del siglo XIX, y su descoco por los temas ocultistas.
Tratar de sacar
conclusiones a partir de los más de 16 mil volúmenes que
conformaron la biblioteca del Führer no sería muy objetivo por
cuanto muchos de ellos fueron regalados por simpatizantes. De lo que
sí no cabe duda es que a la hora de los truenos, cuando debió
refugiarse en su búnker, fue su propia mano la que seleccionó lo
que debía llevarse. Ochenta libros encontrados después de la
guerra y entre los que se destaca una decena de volúmenes sobre
ocultismo. Entre ellos las predicciones de Nostradamus, realizadas
por el médico y astrólogo francés en el siglo XVI y que mediante
una subcultura apocalíptica trata de predecir los acontecimientos
hasta el año 3797, fecha escogida para marcar el fin del mundo.
Se sabe que desde su
juventud, Hitler mostró gran interés por estos temas y que junto a
sus más próximos colaboradores, como Rudolph Hess o Heinrich
Himmler, perteneció a diversas sectas ocultistas. Creyó en la
reencarnación y entre sus íntimos aseguraba haber sido un
legendario guerrero de la antigüedad. No faltan serias tesis en
afirmar que el as del nuevo imperio veía su Partido Nazi no solo
como una organización terrenal, sino vinculada con el "más allá",
de donde debía recibir la fuerza divina para conquistar y someter
el mundo.
Uno de los libros más
subrayados por Hitler y leído de punta a cabo en esa biblioteca de
urgencias llevada a su búnker es Magia: historia, teoría y
práctica (1923), de Ernst Schertel, un autor que ronda el
satanismo, la parapsicología y el sadomasoquismo. Hay una frase
especialmente subrayada en ese tratado: "Aquel que no lleva semillas
demoniacas dentro de él, nunca dará a la luz un nuevo mundo".
Ya en 1943, Walter
Langer, autor del primer perfil psicológico de Hitler encargado por
los servicios de inteligencia norteamericanos, concluía que para
entender al líder nazi había que comprender su profunda creencia
en los poderes divinos. "Hitler creía —dejaba constancia Lange—
que lo mortal y lo divino eran uno y que el dios que estaba buscando
para someter al mundo era en realidad él mismo".
Es posible que cuando en
1945 se suicidara en aquel búnker, Hitler creyera firmemente en la
reencarnación sustentada por sus más queridos libros. Y a lo mejor
hasta anda por ahí convertido quién sabe en qué. Eso sí, con una
lección bien aprendida: Tarde o temprano, desde Roma hasta nuestros
días, el destino de los imperios —todos ellos sustentados
también en una misión divina— ha sido el de dejar de ser.
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