Conocer
a Adriana Carr Pérez, Santiago Dueñas Carrera o Rafael Fando
Calzada es descubrir una historia real en Cuba: las biociencias
apuestan por la vida.
No resulta difícil encontrar a otros
como ellos en los centros científicos cubanos relacionados con la
biotecnología. Como parte del pueblo, transitan por las calles y
los saludamos sin sospechar cuánto aportan a la salud y la ciencia
mundial.
Adriana, con 35 años, trabaja en el
Centro de Inmunología Molecular (CIM), donde se desarrollan
anticuerpos monoclonales y seis vacunas para tratar y prevenir el
cáncer. Cuatro de ellas, en fase clínica, se ensayan en Cuba,
Argentina, Canadá y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda
del Norte.
Esta licenciada en Bioquímica, que
desde 1990 trabaja para poner freno a esa temida enfermedad, es una
de las científicas cubanas a quienes se les negó la entrada a
Estados Unidos para participar en el pasado Congreso Internacional
de Oncología.
Nada personal, pienso. Está
relacionado con una coyuntura política. Justamente ocurre cuando
autoridades norteamericanas lanzaron la acusación contra Cuba para
hacer ver a las instituciones del Polo Científico como un peligro
potencial para su país, debido a una "supuesta capacidad"
para producir armas biológicas. Precisamente el CIM es uno de
ellos, afirma la investigadora.
Tampoco los Centros
de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) y
Nacional de Investigaciones (CNIC) escapan a la acusación.
Los tres son centros abiertos a los
expertos de la Organización Mundial de la Salud, a cualquier país
interesado en conveniar algún producto y a las inspecciones
periódicas internacionales que avalan la génesis y calidad de sus
producciones.
Una dirección bien definida en
función de la vida asegura el bienestar de los cubanos y está
disponible para los países pobres del planeta (84 por ciento de la
población mundial), que solo acceden al 11 por ciento de los gastos
en salud.
Vacunas para prevenir y tratar males
como el cólera y la hepatitis C, interferones Alfa y Gamma, la
Estreptoquinasa recombinante son exponentes del quehacer de los
centros del Polo Científico.
Rafael Fando (jefe del proyecto de
vacuna cólera) y Santiago Dueñas (responsable en el de la
hepatitis C) aseguran que realizan grandes esfuerzos para que pronto
estén disponibles ambos productos.
Nada, que aunque los enemigos de
Cuba se empeñen en demostrar lo contrario, las llamadas "armas
biológicas de la Isla" sirven para prevenir el infarto,
diagnosticar o tratar diversos males e inmunizar contra otros. Su
único propósito: preservar la especie humana.
Nuestra industria biomédica
continuará siendo líder indiscutible en América Latina y sus
especialistas y técnicos se esforzarán por mejorar, cada vez más,
la producción de fármacos. Ética y dedicación hacen que
respondamos con vacunas ante cualquier zancadilla.