El
grito independentista y revolucionario de los cubanos el 10
de octubre de 1868, resume siglos de encuentros y
desencuentros y marca de modo indeleble la posteridad de la mayor de
las Antillas.
La sublevación iniciada en el
ingenio azucarero Demajagua, cerca de la ciudad de Manzanillo, en la
actual provincia oriental de Granma, viene nutrida por casi 400
años de cocción de un ajiaco de ideas, lenguas, costumbres,
gustos, aspiraciones, normas, tendencias e influencias de Europa,
Asia, África y la América precolombina.
Culmina la conspiración que comenzó
el 13 de agosto de 1867, en la ciudad de Bayamo, centro principal de
la región histórica Valle del Río Cauto, donde maduraron primero
los rasgos del naciente pueblo cubano.
Un año de confabulación patriótica
deja ver, entre otras cosas, que el Este de la Isla reúne
condiciones para la guerra, el escenario vital debe ser la cuenca
mencionada y Francisco Vicente Aguilera, líder natural del complot,
carece de condiciones para dirigir las acciones.
Los hechos se precipitan y Carlos
Manuel de Céspedes, el más resuelto y experimentado conspirador,
tiene centenares de hombres dispuestos, el 9 de octubre de 1868,
en los hoy municipios granmenses de Pilón, Media Luna, Campechuela
y Manzanillo.
Al día siguiente, en la Demajagua,
unos 500 patriotas protagonizan el grito que estremecería toda la
historia del país.
En viril arenga, Céspedes sienta
bases para la integración étnica en Cuba, cuando libera a sus
esclavos, los eleva al rango de ciudadanos, invita a combatir y
aclara que quienes no participen en la guerra serían tan libres
como el resto.
Frente a la bandera tricolor, los
presentes juran solemnemente vencer o morir, antes que volver a ver
el suelo patrio pisoteado por cualquier tirano.
El Padre de la Patria presenta el
Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la Isla de Cuba, expresión
indiscutible de que se sublevan hombres cultos, conocedores de las
prácticas políticas de su tiempo, sustentados en principios y
decididos a sacrificarlo todo por la causa.
"Creemos que todos los hombres
somos iguales; amamos la tolerancia, el orden, la justicia en todas
las materias; respetamos la vida y las propiedades de todos los
ciudadanos pacíficos, aunque sean los mismos españoles residentes
en este territorio; admiramos el sufragio universal, que asegura la
soberanía de los pueblos", precisa el documento.
El texto añade: "Deseamos la
emancipación gradual y bajo indemnización, de la esclavitud, el
libre cambio con las naciones amigas que usen la reciprocidad, la
representación nacional para decretar leyes e impuestos, y, en
general, demandamos la religiosa observancia de los derechos
imprescriptibles del hombre, constituyéndonos en nación
libre".
Céspedes deja claro que el naciente
pueblo, cuyos perfiles culminarían su forja en 30 años de combate,
no podría liberarse sin emprender una verdadera revolución, lo
cual implicaba impedir cualquier dominio extranjero, eliminar la
esclavitud, lograr la unidad nacional y avanzar por la senda del
progreso socioeconómico.
"Los misterios más puros del
alma se cumplieron en aquella mañana de la Demajagua, cuando los
ricos, desembarazándose de la fortuna, salieron a pelear, sin odio
a nadie, por el decoro, que vale más que ella", destaca José
Martí el 10 de octubre de 1887. (AIN)