|
En el desenlace de la crisis de Iraq se decide hoy el futuro
de las Naciones Unidas
Texto completo de la
intervención del ministro de Relaciones Exteriores de la República
de Cuba, Felipe Pérez Roque, ante el 58 período ordinario de
sesiones de la Asamblea General de la ONU.
26 de septiembre del
2003, Nueva York
Excelencias:
En
el siglo pasado tuvimos dos terribles guerras mundiales. Murieron en
ellas más de 80 millones de seres humanos.
Pareció después que,
aprendida la lección, la Organización de Naciones Unidas nacía
para que nunca más se produjera una guerra. En la Carta, aprobada
en San Francisco hará pronto 60 años, se proclamaba el propósito
de "preservar a las generaciones venideras del flagelo de la
guerra". Sin embargo, sufrimos después guerras de agresión y
conquista, guerras coloniales, guerras fronterizas y guerras
étnicas. A muchos pueblos no les quedó otra alternativa que la
guerra para defender sus derechos. Más aún, en los últimos 13
años el flagelo de la guerra ha cobrado otros seis millones de
vidas.
Seis decenios atrás, el
orden mundial proclamado en la Carta de Naciones Unidas se sustentó
en el equilibrio militar de dos superpotencias. Nació un mundo
bipolar, que generó enfrentamientos, divisiones, la Guerra Fría y
casi una guerra nuclear devastadora.
No era el mundo ideal,
ni mucho menos. Pero, desaparecida una de aquellas superpotencias,
el mundo actual es peor y más peligroso.
Ahora ya el orden
mundial no puede cimentarse en las "esferas de influencia" de
dos superpoderes similares, o en la "disuasión recíproca".
¿En qué debería
basarse entonces? En el reconocimiento honesto y generoso de la
única superpotencia de que, lejos de perturbar, debe contribuir a
la construcción de un mundo pacífico y con derecho a la justicia y
el desarrollo para todos.
¿Contribuye la guerra
en Iraq a ese objetivo? No. Su resultado es exactamente contrario al
ideal de preservar la paz, fortalecer el papel de Naciones Unidas y
afianzar el multilateralismo y la cooperación internacional.
Desafortunadamente, lo cierto es que los que más capacidad tienen
para prevenir y eliminar amenazas a la paz, son los que hoy provocan
la guerra.
¿Debe el gobierno de
Estados Unidos reconocer esa verdad que casi todos en esta sala
comparten? Sí.
¿Qué habría de
humillante o lesivo al prestigio de esta gran nación? Nada. El
mundo reconocería que se produciría una rectificación beneficiosa
para todos, tras desatar una guerra que sólo unos pocos apoyaron —por
cortedad de miras o mezquindad de intereses—, tras haberse
comprobado que no eran ciertos los pretextos que se esgrimieron, y
tras observar la reacción de un pueblo que, como hará siempre todo
pueblo invadido y ocupado, comienza a luchar y luchará por el
respeto a su derecho a la libre determinación.
Por lo tanto, ¿debe
cesar la ocupación de Iraq? Sí, y cuanto antes. Es fuente de
nuevos y más graves problemas, no de su solución.
¿Debe dejarse a los
iraquíes establecer libremente su propio gobierno, sus
instituciones y decidir sobre sus recursos naturales? Sí. Es su
derecho, y no dejarán de combatir por él.
¿Debe presionarse al
Consejo de Seguridad para que adopte decisiones que lo debilitarían
todavía más, ética y moralmente? No. Ello liquidaría la última
posibilidad de reformarlo profundamente, ampliarlo y democratizarlo.
En el desenlace de la
crisis internacional creada por la guerra en Iraq se decide hoy el
futuro de las Naciones Unidas.
El más grave de los
peligros que hoy nos acechan es que persista un mundo donde impere
la ley de la selva, el poderío de los más fuertes, los privilegios
y el derroche para unos pocos países, y los peligros de agresión,
el subdesarrollo y la desesperanza para la gran mayoría.
¿Se impondrá una
dictadura mundial sobre nuestros pueblos o se preservarán las
Naciones Unidas y el multilateralismo? Esa es la cuestión.
Todos coincidimos, creo,
en que el papel de Naciones Unidas es hoy irrelevante o, al menos,
va en camino de serlo. Pero unos lo decimos con preocupación y
queremos fortalecer la Organización. Otros lo dicen con secreta
satisfacción y alientan la esperanza de imponerle al mundo sus
designios.
Debemos decirlo con
franqueza. ¿Qué papel juega hoy la Asamblea General? Casi ninguno,
es la verdad. Es apenas un foro de debate sin influencia real ni
papel práctico alguno.
¿Se rigen las
relaciones internacionales por los propósitos y principios
consagrados en la Carta? No. ¿Por qué ahora, cuando la filosofía,
las artes y las ciencias alcanzan niveles sin precedentes, se
proclama otra vez la superioridad de unos pueblos sobre otros, se
llama a otros pueblos, a los que debiera tratarse como hermanos, "oscuros
rincones del planeta", o "periferia euroatlántica de la OTAN"?
¿Por qué algunos de
entre nosotros se sienten con derecho a lanzar unilateralmente una
guerra si en la Carta de Naciones Unidas proclamamos que no se
usaría la fuerza armada "sino en servicio del interés común"
y que para preservar la paz se tomarían "medidas colectivas"? ¿Por
qué ya no se habla de emplear medios pacíficos para la solución
de controversias?
¿Podemos creer que
todos fomentan la amistad entre nuestras naciones basadas "en el
respeto al principio de la igualdad de derechos y al de la libre
determinación de los pueblos"? ¿Y por qué entonces mi pueblo
ha debido sufrir y sufre todavía más de cuatro décadas de
agresiones y bloqueo económico?
Al aprobarse la Carta se
estableció el principio de la igualdad soberana de los Estados.
¿Acaso somos iguales y disfrutamos similares derechos todos los
Estados miembros? Según la Carta, sí; pero según la cruda
realidad, no.
El respeto al principio
de la igualdad soberana de los Estados, que debería ser piedra
angular de las relaciones internacionales contemporáneas, sólo
podrá establecerse si los países más poderosos aceptan en los
hechos prácticos respetar los derechos de los otros, aunque estos
no tengan la fuerza militar y el poderío económico para
defenderlos. ¿Están listos los países más poderosos y
desarrollados a respetar los derechos de los demás, aunque ello
lesione, siquiera mínimamente, sus privilegios? Me temo que no.
¿Están o no vigentes
los principios del no uso ni amenaza del uso de la fuerza, la no
injerencia en los asuntos internos de los Estados, el arreglo
pacífico de controversias, el respeto a la integridad territorial y
la independencia de los Estados? Según la letra y el espíritu de
la Carta, sí. Pero, ¿acaso lo están según la realidad?
Un grupo pequeño de
países desarrollados se ha beneficiado en las últimas décadas de
esta situación, es verdad. Pero se está acabando ese tiempo.
Comienzan a ser víctimas también de las políticas imperiales de
una superpotencia. ¿No deberían considerar, con modestia y sentido
común, la necesidad de trabajar con los más de 130 países del
Tercer Mundo que han debido sufrir este orden injusto y están
listos para intentar persuadir al más poderoso para que deje a un
lado la arrogancia y cumpla con sus deberes como fundador de las
Naciones Unidas?
Cuba considera, Señor
Presidente, que no debemos ni podemos renunciar al multilateralismo;
que no debemos ni podemos renunciar a las Naciones Unidas; que no
podemos ni debemos renunciar a la lucha por un mundo de paz,
justicia, equidad y desarrollo para todos.
Por ello, a juicio de
Cuba, debemos alcanzar tres objetivos inmediatos.
En primer lugar,
el cese de la ocupación de Iraq, el traspaso inmediato del control
real a Naciones Unidas, y el comienzo del proceso de recuperación
de la soberanía de Iraq y el establecimiento de un gobierno
legítimo, fruto de la decisión del pueblo iraquí. Debe cesar de
inmediato el reparto escandaloso de las riquezas de Iraq.
Esto será
beneficioso para Estados Unidos, cuyos jóvenes mueren allí
mientras libran una guerra injusta y sin gloria; será beneficioso
para Iraq, cuyo pueblo podrá comenzar una
nueva etapa de su historia; será beneficioso para Naciones Unidas,
que ha sido víctima también de esta guerra; y será beneficioso
para todos nuestros países, que han debido sufrir la recesión
económica internacional y la creciente inseguridad que nos amenaza
a todos.
En segundo lugar,
debemos enfrentar sin más dilación una reforma real, y sobre todo,
un profundo proceso de democratización de las Naciones Unidas.
La situación es ya
insostenible. Lo prueba la vergonzosa incapacidad del Consejo de
Seguridad para impedir la guerra en Iraq primero, y después para
siquiera exigir al gobierno de Israel que no expulse o asesine al
líder del pueblo palestino que, según decidió el propio Consejo
hace más de cinco décadas, debió tener hace ya mucho tiempo un
Estado independiente.
Que el gobierno de
Estados Unidos haya empleado en 26 ocasiones el derecho de veto para
proteger los crímenes de Israel, es la prueba de que hay que abolir
ese injusto privilegio.
Una reforma que retorne
a las raíces de la fundación de las Naciones Unidas, que garantice
el respeto efectivo a la Carta. Que restablezca los mecanismos de
seguridad colectiva y el imperio del Derecho Internacional.
Una reforma que
garantice la capacidad de las Naciones Unidas para preservar la paz,
para liderar la lucha por el desarme general y completo, incluido el
desarme nuclear, al que han aspirado muchas generaciones.
Una reforma que devuelva
a Naciones Unidas sus prerrogativas para luchar por el desarrollo
económico y social y los derechos elementales —como el derecho a
la vida y a la alimentación— para todos los habitantes del
planeta. Ello es más necesario ahora, cuando el neoliberalismo ha
fracasado estruendosamente y se abre una oportunidad de fundar un
nuevo sistema de relaciones económicas internacionales.
Necesitamos rescatar el
papel de Naciones Unidas, y que todos los Estados, pequeños y
grandes, respeten su Carta; pero no necesitamos que la reforma
naufrague, sin penas ni glorias, en un proceso burocrático de
adaptación de lo que queda de Naciones Unidas a los intereses y
caprichos de unos pocos países ricos y poderosos.
Por último,
necesitamos retornar a la discusión de los graves problemas
económicos y sociales que hoy afectan al mundo. Convertir en
prioridad la batalla por el derecho al desarrollo para casi 5 000
millones de personas.
La Cumbre del Milenio
nos comprometió a trabajar por metas modestísimas e insuficientes.
Pero ya todo se olvidó y ni siquiera discutimos sobre ello. Este
año morirán 17 millones de niños menores de 5 años, no víctimas
del terrorismo, sino de la desnutrición y de enfermedades
prevenibles.
¿Se discutirá alguna
vez en esta sala, Excelencias, con realismo y espíritu de
solidaridad sobre cómo disminuir a la mitad para el 2015 —según
la Declaración del Milenio— el número de personas que sufren
pobreza extrema —que son más de 1 200 millones—, y el de los
que padecen de hambre —que son más de 800 millones?
¿Se discutirá sobre
los casi 900 millones de adultos analfabetos?
¿O la Declaración del
Milenio será también letra muerta, como lo han sido el Protocolo
de Kyoto y las decisiones de una decena de Cumbres de Jefes de
Estado?
Los países
desarrollados ofrecerán este año a los países del Tercer Mundo,
como Ayuda Oficial al Desarrollo, unos 53 mil millones de dólares.
A cambio, les cobrarán por concepto de intereses de la deuda
externa más de 350 mil millones de dólares. Y al final del año,
nuestra deuda externa habrá crecido.
¿Piensan acaso los
acreedores que esta injusta situación podrá durar toda la vida?
¿Debemos los deudores
resignarnos a ser pobres toda la vida?
¿Es acaso este cuadro
de injusticias y peligros para la mayoría de los países el que
soñaron los fundadores de las Naciones Unidas? No. Soñaron
también, como nosotros, en que un mundo mejor es posible.
Estas son las preguntas
que, con todo respeto, quisiéramos que algunos en esta sala nos
respondieran.
No hablo de Cuba que,
condenada a morir por querer ser libre, ha tenido que luchar sola,
no sólo pensando en sí, sino en todos los pueblos del mundo.
Muchas gracias.
|