GUATEMALA, 17 de septiembre (PL).—
Mientras el oficialismo lo justifica como una victoria y Estados
Unidos como algo merecido, la recertificación unilateral de
Guatemala en materia antidrogas suscita hoy críticas y dudas de
analistas y sectores sociales, tanto locales como foráneos.
Componendas políticas, lobby pagado
ante altas esferas de poder norteamericano por parte de Guatemala o
la conveniencia de La Casa Blanca en favorecer acuerdos comerciales
con Latinoamérica y, particularmente con Centroamérica, se
mencionan como verdaderos móviles del cambio de actitud de
Washington.
El jefe de la bancada parlamentaria
del gobernante Frente Republicano Guatemalteco (FRG), Arístides
Crespo, valoró como un logro del ejecutivo el hecho de que se le
devolviera al país el pasado lunes el certificado de buena conducta
en el combate a los estupefacientes.
De acuerdo con Crespo, las
autoridades cumplieron la mayoría de los puntos fijados como
condición por la Casa Blanca para convencerse de que esta nación
centroamericana supuestamente libra una lucha eficiente contra ese
flagelo.
Un documento repartido por la oficina
de prensa de la embajada norteamericana sostiene que Guatemala
logró cumplir, con mayor éxito en algunos temas, con los nueve
requisitos establecidos, pues la meta era incautar 800 kilogramos
mensuales y el domingo llegó a 825 en promedio, para un total de
unas siete toneladas en ocho meses.
Varias publicaciones, por otra parte,
refieren que solo cuatro requerimientos fueron cumplidos por el
gobierno del presidente Alfonso Portillo: la creación de una fuerza
de combate contra las drogas, permitir a Estados Unidos vigilar las
costas guatemaltecas y el ingreso de sus tropas a este país.
Otro aspecto, como la incineración
de estupefacientes incautados, también mostró avances, pero en
temas como la construcción de una bodega para almacenar droga, la
elaboración de un plan antidroga y la captura de capos del
narcotráfico, se evidenciaron pocos avances.
Tampoco, se progresó lo suficiente
en la creación de una ley de uso de activos decomisados, la
agilización de allanamientos, la extradición de narcotraficantes y
el aumento de incautaciones, según diversas fuentes.
El embajador norteamericano en
Guatemala, John Hamilton, por su parte, intentó calmar los
cuestionamientos de la oposición adelantándose a aclarar que la
exclusión del país de la lista negra "no es un endoso a las
actitudes" del ejecutivo de Alfonso Portillo.
"Fue una medida tomada sobre la
base de criterios técnicos y normas establecidas de antemano",
justificó Hamilton, quien obvió reavivar las críticas hechas en
octubre de 2002 por funcionarios estadounidenses que involucraron a
autoridades y al propio mandatario guatemalteco con el
narcotráfico.
No obstante, al arremeter contra la
medida unilateral de Estados Unidos, algunos expertos y funcionarios
norteamericanos coincidieron en que la razón principal por la que
su gobierno sacó a Guatemala de la lista negra del narcotráfico es
que quiere agilizar la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) que
negocia con Centroamérica.
Adam Isacson, analista de asuntos de
narcotráfico del Centro para las Políticas Internacionales de
Estados Unidos, se mostró sorprendido y consideró que la
certificación solo obedece a intereses comerciales, al tiempo que
—agregó— no se verificó si se cumplieron a cabalidad las
solicitudes hechas en enero pasado.
Por su parte, Frank Smyth, un
periodista norteamericano citado por la prensa local, dijo que uno
de los requisitos incumplidos es que no hay encarcelamiento de capos
y narcomilitares, lo que aún es un obstáculo para Washington,
debido a que en Guatemala se mueve la mitad de la droga que se
produce en Colombia.
El martes, el director del Consejo
sobre Asuntos del Hemisferio Occidental, Larry Birns, mostró su
decepción ante la decisión "cosmética" de la
administración del presidente George Bush.
José Pinzón, dirigente de la
Central General de Trabajadores de Guatemala (CGTG), señaló que
las condiciones por las cuales Washington castigó a esta nación en
enero no han sido superadas, "pero hay que entender que en
torno a ese tema hay intereses políticos por parte del gobierno
norteamericano".
A juicio de Pinzón, la
administración del presidente Bush desea crear las condiciones
favorables para la creación del Área de Libre Comercio de las
Américas (ALCA), por lo que propicia un arreglo con las naciones
que espera le apoyen incondicionalmente en ese empeño.