Quizás
no sea de los poetas mayores cubanos el santiaguero Pedro Antonio
Santacilia, pero a su obra habrá que acudir si se trata de
desentrañar el hilo histórico de nuestra poesía patriótica en la
que brilló con versos vehementes y fieros.
Nació el 24 de junio de 1826 y,
desde muy joven, se alistó por la buena causa de una Cuba sin
yugos. Tanto, que en 1852 fue deportado hacia tierras ibéricas por
su manifiesta oposición al gobierno español. Iniciaba así un
largo periplo de exilios que concluyó en México.
En la emigración de Nueva Orleáns
conoció al indio zapoteca Benito Juárez, y la amistad duró hasta
la muerte. Se selló, además, con lazos de sangre, al casarse el
cubano con Manuela, hija del Benemérito de las Américas.
El santiaguero estuvo en tierra
azteca junto a Juárez como secretario de la Presidencia de la
República y no hubo momento, ni de victoria ni de azares, en que no
diera su disposición de luchar contra el extranjero opresor.
Después del alzamiento de Carlos
Manuel de Céspedes, la Revolución lo designó como agente
diplomático y en él recayó mucha de la responsabilidad de lograr
que México fuera el primer país en reconocer la independencia
cubana.
Pedro Antonio Santacilia fue hombre
de dos patrias, y a ellas, y a su independencia, se entregó por
entero, hasta que la muerte le llegó en tierra azteca, a la edad de
76 años.