RANDOL PERESALAS
(Estudiante de Periodismo)
El Ballet de Camagüey, segundo
conjunto de danza clásica del país, se presentó el pasado fin de
semana en la Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana con el
clásico Don Quijote, en versión coreográfica de Iván Alonso
sobre el original de Marius Petipa.
Figuras del Ballet Laura Alonso del
Centro Pro Danza, acompañaron a los visitantes en los roles
principales de Quiteria y Basilio, mientras que la dirección
general corrió a cargo de Regina Balaguer (Ballet de Camagüey) y
Laura Alonso (Centro Pro Danza).
Sin dudas, la mejor función fue la
del sábado en la noche, cuando los bailarines de la compañía
agramontina, Liuba Corzo y Luis Rubén Pérez se lucieron frente a
un teatro sorpresivamente lleno, dada la inexplicable falta de
divulgación por parte de los encargados de ello. Aspecto que
habría de tenerse en cuenta en próximas ocasiones.
El Basilio de Luis Rubén fue
ampliamente ovacionado durante toda la función, pero fue en la coda
del pas de deux del tercer acto donde logró levantar al
público y arrancar eufóricos bravos; algo que ni los consagrados
aquí en la capital han conseguido, al menos, en los últimos
tiempos.
De avispado desplazamiento escénico
y con una capacidad actoral muy bien explotada, este joven resultó
ser una sorpresa para los balletómanos habaneros, ansiosos de
nuevas caras y modos particulares de expresión. No obstante su
acerada técnica, Luis Rubén deberá cuidarse de ciertos impulsos
dignos de un colegial, que pueden causarle mucho daño a su
propuesta. Bien lo de los giros y la rapidez, ¡confianza le sobra!,
pero todo con mesura para desembocar en el buen gusto, nunca en la
acrobacia vacua y efectista.
Otro tanto a su favor se anotó la
primera solista Liuba Corzo, recordada por su interpretación en
Coppelia durante una de las recientes visitas del Ballet de esa
provincia. La Corzo, de rostro moldeable y muy efectivo para
encarnar personajes diversos (lo mismo una Reina de la Willis que
una carismática Zwanilda), demostró estar en uno los mejores
momentos de su carrera.
Con encanto natural, hizo danzar a su
Quiteria impregnándola de un goce que invadió a todos los
presentes. Gran dominio técnico y, sobre todo, buen gusto,
caracterizan a esta joven bailarina, que sorteó sin grandes
complicaciones la dura prueba que es bailar Don Quijote.
Los bailarines invitados hicieron lo
suyo, pero quedaron por debajo de las expectativas. Solo Harold
Quintero, con su fuerza técnica y buen sentido de la música, no
desentonó en estas presentaciones, donde las mayores dificultades
estuvieron en la ejecución del cuerpo de baile; al parecer algo
incómodo dentro de una coreografía que, por desgracia, no posee
grandes atractivos en sus composiciones, ni tampoco justificación
alguna en ciertos cuadros dramáticos.
Visitas como esta debieran repetirse
más a menudo. Es bien sabido que el Ballet Nacional de Cuba no
puede cubrir todo el año con temporadas continuas, y siempre el
público pide más cuando de bailar sobre las tablas se trata.
Muy bien por esta experiencia.