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Memoria y altura de
Leo Brouwer
PEDRO DE LA HOZ
Quien
pretenda comprobar por qué varios, y no pocos por cierto, músicos,
críticos y musicólogos aquí y en otras tierras coincidimos en
afirmar que Leo Brouwer es el compositor más importante de la
segunda mitad del siglo XX en nuestro país, ya tiene una prueba
documental para verificarlo: Antología selecta, tres volúmenes
compilados por la maestra María Elena Mendiola y editados por la
EGREM, reúne obras, que en su diverso carácter, dan la medida de
un genio creador en el que identidad y vanguardia se articulan en
una espiral sorprendente.
Este meritorio trabajo,
presentado ayer a la prensa, implicó un arduo empeño de rescate,
restauración y actualización de registros fonográficos realizados
tres decenios atrás, algunos dormidos en los archivos. Debió
acometerse una ingente y meticulosa labor de búsqueda,
ordenamiento, limpieza, digitalización y remasterización, en el
que tanto brillaron la tenacidad y la madurez conceptual de la
Mendiola como la experiencia y la entrega de los muy calificados
especialistas técnicos Jerzy Belc y Niurka Lecusay.
A esto se añadió una
esmerada propuesta estética para la presentación del producto, a
partir de los diseños concebidos por Tomás Miña quien tomó como
base la inquietante obra pictórica de Agustín Bejarano, artista
que donó cuadros suyos para ilustrar la trilogía.
El primer volumen
comprende la Sonata para pian e forte, interpretada por Nancy
Casanova; Sonata para cello solo, por la norteamericana Joana de
Keyser; Variantes para un percusionista, por Luis Barrera; Música
incidental campesina, a cargo del dúo guitarrístico Madiedo-Pérez
Puente; y Acerca del aire, el cielo y la sonrisa, por la Orquesta de
Guitarras de la Escuela Nacional de Música.
Dedicado a Bela Bartok,
el segundo disco comienza por el Primer cuarteto de cuerdas, asumido
por el Cuarteto de Cuerdas de La Habana, y se completa con
Manuscrito antiguo encontrado en una botella, por el Trío White y
Canciones remotas, por la orquesta de cámara Brindis de Salas, bajo
la conducción de Tomás Fortín.
Conocido por sus obras
para guitarra y orquesta, una formidable oportunidad de conocer la
creación de Leo para otros instrumentos solistas se halla en el
tercer volumen, mediante el Concierto para flauta y orquestas de
cuerdas (la búlgara Rositza Ivánova) y el Concierto para violín y
orquesta (el cubano Alfredo Muñoz), con la intervención de la
Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Manuel Duchesne Cuzán.
La trascendencia de
todas y cada una de estas piezas se fundamenta en el predominio de
una estética musical por encima de sus particularidades. De ello da
cuenta el musicólogo Jesús Gómez Cairo cuando nos dice que "en
las obras de Leo la creatividad se desenvuelve vertiginosa pero
planeada, gozosa pero mesurada, espontánea pero bien pensada,
mostrándonos al creador en quien la rica fuente de sus intuiciones
alcanza un equilibrio dinámico con el agudo y superior intelecto
que dimana de su gran cultura".
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