Para Ad Libitum la guerra no es indiferente

JORGE FIALLO

El dúo Ad Libitum anda próximo a su quinto aniversario. Por ello, se lanzó a fondo en su presentación en la Sala Caturla, del Teatro Amadeo Roldán.

Su programa lleva como rúbrica Que la guerra no me sea indiferente (León Gieco en su canción Solo le pido a Dios), entre poemas y canciones, declamación y canto con guitarra, movimiento escénico en la dosis justa para la buena apoyatura, combinaciones en el manejo de medios expresivos capaces de crear contrastes y mantener el espíritu sucesiva y crecientemente cargado o aplacado.

Uno comprende que no es solo la necesaria alternancia lo reinante en el modo de proyectarse del dúo, ni es solo la vigencia de poemas como el de Félix Pita Rodríguez que lo inaugura, Estas son las imágenes del mundo, clamando para que el crimen no enquiste la conciencia si se vuelve algo común.

Abren arriba en la expresión con este llamado imperativo. Pero no martillan machaconamente, golpe a golpe. En todo caso hacen como el serrucho, el de hilar, que sigue la dirección de la fibra para llegar en sucesivos halones, alante agresivo, atrás reflexivo, a un corte que nos multiplica, no divide. Y Serrat invita a Miguel Hernández, Roque Dalton a Thiago de Mello..., al tiempo que Pablo va con Fito Páez o León Gieco, en un remolino creciente en cuyo vórtice nos arrastran la Canción con todos, de Tejada e Isella, con el Padre Nuestro Latinoamericano, de Benedetti, sumados a la Plegaria a un labrador, de Víctor Jara.

Ad libitum no es un dúo en el estricto sentido musical. Pero hay mucho de polifonía en su manera de crear y sostener dos planos simultáneos a través de los cuales se desplazan nuestras inteligencias auditiva y emotiva. Leonel Pérez canta, guitarrea, compone y hasta declama (una vez en el programa, vale como pincelada); pero la declamación de María de las Nieves es una línea musical armada entre la curva de entonación del habla, el ritmo de su cuidada articulación y pronunciación, mas un timbre que modula sin excesos del registro enérgico al sensible.

Lo mismo cabe decir de Leonel, con una emisión vocal suficiente, aunque perfectible, igual que su construcción del sonido con una guitarra en serie que parece de playa, pero logra tanta fantasía con su manera de sostener un florido bajo y una melodía entresacados hasta en medio de rasgueos, con una mano izquierda que no se conforma con ponerse estática para que suene el acorde, haciendo bordaduras, pellizcando las cuerdas, cambiando armonías hasta darles un papel protagónico, más que de mero "acompañamiento". Su mano derecha arpegia, rasguea, puntea y se multiplica polifónicamente y hasta el remedo de un bombo legüero le intercala a dos manos ágil y brevemente en La maza, de Silvio.

Hay, debe haber, música para todo y para todos: la que remueve músculos y huesos le da salud al cuerpo, como la que remueve nervios y golpes de sangre da salud de espíritu y de pasiones. La voz del belicoso arrabalero tiene matices en su modo de expresar agresividad y disconformidad. Pero no basta eso para hacernos más fuertes de carácter: medio "hombre" es también (media "mujer" igual, por qué no) quien solo es capaz de resonar con un polo extremo del espectro: hay que sumar la dureza con la delicadeza, sin reblandecimientos, que solo así se tasa la vida con todos sus valores... y se está mejor preparado para defenderla.

Gracias al dúo Ad Libitum por el estímulo que constituye su trabajo para esta reflexión. Ellos hacen un espectáculo propio de la peña y el escenario breve, pero creo factible adaptarlo, sin mucho reto por el cambio de medio, para compartirlo alguna vez con muchos televidentes. Se los deseo de corazón a ellos y a ustedes.

 

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