Los esfuerzos cubanos por labrar un
horizonte cultural a todos sus ciudadanos no constituyen un acto de
filantropía, ni mucho menos una campaña de efectos
propagandísticos.
Se trata, amén de un deber, de un
asunto de supervivencia nacional; de elevada estrategia.
Hace unos días, intelectuales de
numerosas naciones reunidos en La Habana indicaban la urgencia de
salvaguardar la cultura propia en un mundo donde la potencia
hegemónica intenta sembrar sus patrones como los únicos valederos.
Y es que la batalla por la
independencia y la autodeterminación no pasa hoy solo por el
terreno militar o diplomático.
Implica una preparación cultural
generalizada que impida la inoculación impune de los estereotipos y
deformaciones con las que el enemigo quiere suplantar las raíces
nacionales y convertir en dóciles seguidores a centenares de millones
de personas en el planeta.
No se trata de la negación de la
verdadera cultura norteamericana, de los valores éticos,
artísticos y morales de ese pueblo.
La lucha es contra las visiones
maniqueas y deformantes que los grandes monopolios empotran incluso
entre sus nacionales, y que por lo general atentan contra lo mejor
del ser humano.
También esta batalla se halla limpia
de chovinismos. La cultura tiene el signo esencial de cada colectivo
humano, y de la misma forma que se proclaman el reconocimiento y el
respeto al hombre, también lo merece su obra creadora en todos los
sentidos.
Cuba reconoce los valores culturales
ajenos, y resalta aquellos que nos sirvieron de base común a todos
los humanos en el devenir de la historia como especie. A la vez,
cuida y cultiva los suyos.
Hoy, cuando existe el peligro real y
creciente de que se acuñe una monocultura universal, los cubanos
están en la primera línea por la defensa de lo autóctono y a la
vez de la más amplia y valiosa diversidad.