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Trabajo comunitario
Una maestra relata su
dicha
María
Julia Mayoral
Algún día escribirá
el libro prometido a sí misma. Más de 38 años la separan de aquel
momento, cuando recién graduada de Pintura y Diseño en la escuela
de San Alejandro, empezó a compartir sueños con los niños. Los
apuntes durante décadas servirán de savia para el texto. No
dejará de contar cómo un adulto es puesto "en jaque" a cada
momento por las preguntas de los menores, quienes esperan del
maestro el soplo de aire fresco y seguro para echar a volar, en la
interminable carrera por conocer el mundo.
Gladys lleva 15 años consecutivos como Vanguardia Nacional del Sindicato de la Cultura.
Al taller de arte de
Gladys Castañeda Torres, nadie está obligado a venir, pero da
gusto quedarse porque se aprende. "Lo que más aprecio de la
profesora es su paciencia y la gracia para comunicarse con los
muchachos, y mira... que yo era inquieta cuando entré aquí con
siete años. Ella nunca te impone ideas, solo aconseja, sugiere".
Así piensa Sisi Miranda Maldonado convertida ya en adolescente de
Secundaria Básica, una de las alumnas, ganadora de varios premios
nacionales e internacionales por sus dibujos.
Para Gladys, el
desempeño como instructora de arte no debería llamarse puesto de
trabajo, aunque reciba remuneración por ello. A los 70 años de
edad no imagina el retiro y sigue dedicando la mayor parte de su
vida a la enseñanza de las artes plásticas a escolares de primaria
y secundaria residentes en Centro Habana, sin dejar de asesorar a
decenas de artesanos en la localidad y continuar los apuntes sobre
las experiencias personales durante casi cuatro décadas de labor
pedagógica.
Hay una sola
explicación, confiesa, educar a los niños, es mi medicina; las
horas junto a ellos tienen un poder curativo y me obligan a seguir
estudiando.
Descubrir el mundo de
las artes plásticas desde edades tempranas, afirma, tiene un gran
valor en la formación de la personalidad, pues el menor aprende a
apreciar el mundo que le rodea y a interpretarlo de manera
autónoma.
Por eso, advierte, yo
nunca pinto delante de mis alumnos; correría el peligro de lastrar
sus fantasías y la conformación de juicios propios; porque los
pequeños tienden a imitar a los adultos, entre ellos al maestro.
Voy perfilando su dominio de las técnicas a partir de las
creaciones individuales; es como una especie de juego a través del
cual todos aprendemos.
La labor del taller
reconocida recientemente con el premio Memoria Viva, otorgado por el
Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan
Marinello, transcurre desde 1979 en un local pequeño y sin
comodidades, aunque colmado de sueños, que en ocasiones resultan
silenciosos y pausados, como los anhelos de la maestra por escribir
ordenadamente sus memorias o el rescate de niños que llegan a las
manos de Gladys sin saber pintar a la familia a causa de los
desafectos en el hogar.
Pero muy a menudo los
sentimientos ganan corporeidad —sin mayores contratiempos— en
imágenes coloridas y llenas de esperanzas, bajo la conducción de
la instructora que disfruta la dicha de haber formado a varias
generaciones de muchachos no para que sean grandes artistas, sino
buenos seres humanos. |