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Música en grande con
Gismonti en el Amadeo
JESÚS ORTEGA
Afirmar
que Egberto Gismonti es un artista excepcional es repetir algo bien
conocido y aceptado en todo el mundo, en Cuba hemos tenido el
privilegio de tenerlo tres veces en unos pocos meses.
Este músico no admite
encasillamientos de ningún tipo, se sirve de los recursos
expresivos de las músicas llamadas "clásicas",
"populares", folclóricas, jazzísticas y de cuanto le
puedas servir para entregar la poesía sonora que son realmente sus
obras. El suele definir sus producciones simplemente como música
brasilera y es cierto, aunque también son absolutamente
universales. Como Villa-Lobos no necesita buscar citas folclóricas
porque al ser totalmente sincero con sus orígenes encuentra la
verdadera música de su pueblo en sí mismo.
Su sólida formación
académica en las disciplinas musicales más abarcadoras que
incluyen la composición y el piano, la creadora irreverencia con
que se inventa técnicas en la guitarra, las flautas, percusiones y
cualquier objeto sonoro a su alcance, le permiten hacer música en
grande, sin patrones estereotipados o formas enmarcadas en la
tradición europea. Como todos los grandes creadores se inventa sus
estructuras y las elabora con precisión y flexibilidad y logra una
total empatía con su auditorio que le responde con el mayor
entusiasmo.
En el concierto que
ofreció la última semana en el Amadeo Roldán confirmó una vez
más todo eso. Desde las primeras piezas, con la guitarra de 12
cuerdas afinada de modo muy personal, utilizando recursos y efectos
inusitados que nos sugerían increíbles selvas amazónicas y danzas
de fuerza telúrica, después con la de 10 cuerdas e igualmente
afinada de forma nada convencional y finalmente con el piano, nada
"clásico" y sí tremendamente imaginativo.
Algo que siempre me
impresiona de la música de Gismonti es el uso de la armonía, mucho
más colorista y expresiva que funcional, aunque también cumple ese
papel. Los complejísimos ritmos que utiliza entrelazados o
individualizados imprimen un vigor particular a esas músicas que
serían inimaginables sin este elemento esencial.
Una de sus piezas más
conocidas diría "clásicas": Agua y Vino fue
anticipada por una extensa, brillante y curiosa introducción que
preparó admirablemente la entrega del lirismo tranquilo de esa
hermosa melodía.
Un tributo a
Villa-Lobos, que mucho agradecimos, fue su versión de una de las Bachianas
brasileiras del gran creador carioca, interpretada de modo
impresionante.
De encore nos regaló un
bellísimo "chorinho" ejecutado con su maestría habitual
y ese sabor particular intrínseco a esa forma carioca de sonar.
Parecía que Ernesto Nazaret estaba junto a Gismonti en el piano
sonriendo con picardía y disfrutando de los desarrollos,
variaciones y recreaciones que imprimió con arte profundo este
original artista.
Fueron cerca de dos
horas de música sin intermedio, eso marcó el reloj, realmente para
el público que llenó el teatro y aplaudió eufórico cada
interpretación, pareció que el tiempo no transcurría y solo era
lícito seguir escuchando esa excelente música con la que todos nos
identificamos desde el primero hasta el último sonido.
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