Desde
que Xenobia Camprubí, la eterna compañera, partiera dos años
atrás, Juan Ramón Jiménez no volvió a la sonrisa ni a los
iluminados días, y el 29 de mayo de 1958, en el exilio de San Juan,
Puerto Rico, falleció quien había "intentado mucho a un
tiempo y, como consecuencia, mucho en instante".
Moría así el andaluz universal, el escritor de las obsesiones
por lo perfecto, el buscador de su propia voz por encima de copias e
imitaciones. El Premio Nobel de Literatura de 1956 fue un arquitecto
acucioso de la poesía, de cada letra impresa a fuerza de
pulimentos.
Escribió mucho el español Juan Ramón Jiménez, tanto, que en
sus archivos se podían contar miles las obras inéditas. Pero, por
sobre todo, quedó entre nosotros la inmortal elegía de Platero
y yo, un canto de emocionada ternura, un monumento a la
sencillez y a la piedad humana, uno de los mejores regalos a los
sentimientos de los niños, un texto de prosa poética dedicado
"A la memoria de Aguedilla, la pobre loca de la calle del
Sol", que le mandaba moras y claveles. Sobre la obra, dijo:
"Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas,
cual las orejas de Platero".
El poeta y escritor español visitó varias veces La Habana, y
pronunció conferencias en la Institución Hispano-Cubana de
Cultura. Tal fue su relación con la intelectualidad de la Isla que
quedó inspirado para elaborar una antología, prologó libros de
poetas como Cintio Vitier y publicó una semblanza de José Martí
en su texto Españoles de tres mundos.
De aquellas estancias dijo: "La Habana está en mi
imaginación y mi anhelo andaluces desde niño". Y agregó:
"Mucha Habana había en Moguer, en Huelva, en Cádiz, en
Sevilla. ¡Cuántas veces, en todas mis vidas, con motivos gratos o
lamentables, pacíficos o absurdos, he pensado profundamente en La
Habana, en Cuba!".
El propio Juan Ramón Jiménez dijo de sí: "Mi vida fue
salto, revolución, naufragio permanentes". Y es que el poeta,
nacido un día de Navidad español, en Moguer, Huelva, habría de
andar su existencia entre sustos de nuevos lares y ya, en los años
de largo exilio, en peregrinación por ciudades y países.
Tuvo el don de trabajar hasta el amanecer aquel hombre casi
mítico, amigo de la soledad, en el que la poesía llegaba como a
puerto seguro. Entre nosotros, un breve silencio hoy en memoria de
quien tanto bueno nos dio para el crecimiento de lo noble. Aquel
Juan Ramón Jiménez, el español de Ninfeas, La soledad
sonora y Almas de Violeta, que se despidió de todos,
para siempre, en el viejo San Juan.