|
La visita de Sebrina M. Alfonso y el anuncio de Roberto Valera
Ciertos valores sinfónicos
que no debemos olvidar
PEDRO DE LA HOZ
Por
segunda vez estuvo en nuestro país al frente de la Orquesta
Sinfónica Nacional, la directora cubano-americana Sebrina María
Alfonso. Lo ha hecho en menos de un año a partir de dos decisiones
que se entrecruzan: la necesidad de potenciar el diálogo necesario
entre las culturas de uno y otro lados del estrecho de la Florida —ella
es titular de la Sinfónica de Key West, donde desarrolla un ingente
trabajo por remover el clima espiritual de esa porción del territorio
norteamericano— y la posibilidad de legitimar un puente de
entendimiento humano que rebase los tópicos de un muro de cuatro
décadas de hostilidad contra su país de origen.
La mitad del repertorio
seleccionado en esta ocasión nos puso en contacto con obras
contemporáneas de autores de Estados Unidos, uno bien conocido,
Leonard Bernstein y otro no tanto, James Grant. Este Bernstein que nos
trajo, sin embargo, resultó inédito para nosotros, no solo por el
hecho de que Halil para flauta, arpa, cuerdas y percusión
(1973) se haya escuchado por primera vez en La Habana, sino por las
diferencias estéticas que plantea con el resto de su obra. En este
caso la composición toma su rumbo por los cauces elegíacos a partir
de la evocación de la tradición ritual hebrea en un rejuego de
búsquedas tonales y rupturas atonales que crean una poética
contrastante y de atmósfera sugerente.
Sebrina durante su
debut
en Cuba en junio del 2002.
La delicadeza del trazo
del instrumento solista, la fineza del diseño melódico, y la
transmisión de los sentimientos inspiradores de la pieza encontraron
en Niurka González Núñez a una intérprete ideal, que crece ante
nuestros oídos en cada comparecencia en la escena.
Tributo, de Grant,
posee todos los elementos para gustar... y también para hacerla
prescindible. El autor apela a la retórica musical cinematográfica
al uso en las producciones de corte patriótico —hubo momentos en
los que me pareció estar escuchando una banda sonora de John Williams—
con la diferencia de que no había imágenes. Eso sí, todo tratado
con mesura por parte de la concepción directriz de la Alfonso, quien
evitó los posibles excesos.
Plato fuerte en el
programa lo fue el Triple concierto para piano, violín y cello,
de Beethoven, a cargo del trío Bailey (Nava Perlman, piano; Kurt
Nikkanen, violín; y Zuill Bailey, cello). No es lícito comparar esta
interpretación con otras que se han hecho clásicas —las del trío
Oistraj, por ejemplo—, pero sí debemos tomar en cuenta la fluidez
de la ejecución y la comprensión, en sentido general, de las grandes
líneas de la partitura.
La Alfonso culminó su
entrega con las siempre agradecidas y efervescentes Danzas de
Galanta, del húngaro Zoltan Kodaly, eficaz traductor al espíritu
sinfónico de la rica tradición folclórica de su país. Música que
acaricia los oídos, exalta el alma y refresca la memoria. Estos son
valores sinfónicos que tampoco debemos olvidar en la conformación de
un gran público.
DESDE EL DOMINGO, A LAS
5:00 P.M.
La temporada sinfónica, a
partir del próximo domingo primero de junio, volverá a ocupar el
turno de las 5:00 p.m., tras largo reclamo de público y músicos, a
todas luces una hora mucho más propicia para la asistencia y el
disfrute en el Amadeo Roldán.
Se dedicará la jornada al
centenario del Conservatorio Amadeo Roldán y ocupará el podio
alguien que fue alumno eminente de la escuela y es hoy uno de los más
importantes compositores cubanos, el maestro Roberto Valera, con un
programa que comprenderá obras de Guillermo Tomás, los jóvenes
cubanos Mónica O'Reilly, Rafael Guzmán y Carlos Puig, Maurice Ravel
y el Concierto por la paz para saxofón y orquesta, que
estrenó dos décadas atrás Miguel Villafruela y en esta oportunidad
asumirá Luis Felipe Hernández.
|