El
flaco sin miedo, el de los muchos oficios en busca del sustento, el
de un valor rayano en la temeridad, Gustavo Ameijeiras, no pudo
alcanzar el máximo sueño de remontar los picos rebeldes de la
Sierra Maestra, y tras su detención en los fragores del llano
revolucionario, nunca apareció el cadáver.
Al triunfo de la Revolución, varios
esbirros dieron versiones contradictorias y se supone que entre la
noche del 21 de mayo y la madrugada del 22, en el convulso año de
1958, fuera sacado de los calabozos, despedazado y sangrante. Hay
otros presentimientos, y se cree que sus restos terminaron en el
mar, como solía hacer la soldadesca batistiana en aquel período
paridor de héroes.
Gustavo Ameijeiras no tuvo cargos
especiales dentro del Movimiento 26 de Julio, al que se entregó
como uno de sus miembros más activos. Sin embargo, fue un hombre a
respetar por la convicción que de sí mismo emanaba al acometer
cualquier tarea. De él habrá que recordar su participación en la
distribución de La Historia me Absolverá, alegato de Fidel
Castro en el juicio por el asalto al cuartel Moncada, la hombradía
demostrada en las varias encarcelaciones, el silencio ante las
interrogantes de los esbirros y las torturas, y la repulsa
manifiesta al sistema norteamericano.
Junto con Gustavo Ameijeiras
desapareció el joven holguinero Julio César González,
presumiblemente detenidos los dos en Santiago de Cuba, cuando las
montañas insurrectas eran la meta final. Tampoco se halló su
cadáver.