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Los golpes... ¿enseñan?
Reflexiones de una
especialista puertas adentro del hogar
SARA MÁS
¿Cuántas veces no ha
regañado severamente a su hijo o le ha propinado "una buena nalgada"?
¿Cuántas no le sucedió eso mismo de pequeño a usted? ¿Nunca se
ha visto repitiendo como autómata que "los golpes enseñan"?
No son pocas las
personas que pasan por experiencias similares. Más aún si se trata
de una madre o un padre que, cada uno por su lado, las vivieron en
su propia infancia. Tampoco es un secreto que los patrones y ciclos
de violencia se reproducen y heredan de una generación a otra, bajo
el amparo de una fuerte tradición familiar. Pero en los casos
particulares de abuso infantil, imperan fuertes patrones educativos
y culturales muy represores.
Atender los hijos, conversar con ellos, establecer normas, es un camino muy necesario en la educación de los niños.
"Siempre
detrás de cualquier acto de violencia hay alguna relación de poder",
comenta Iliana Artiles, especialista del Centro Nacional de
Educación Sexual.
Según explica, el
maltrato infantil es a veces el menos reconocido en la familia. "Es
muy difícil hacerlo visible porque no es concebible en una sociedad
como la nuestra, donde se hace tanto por la infancia, existen leyes
de protección al menor y hay un proyecto para la defensa de los
derechos de los niños y las niñas".
Sin embargo, puertas
adentro del hogar apenas hay conciencia del problema. En parte
porque se vincula al modelo establecido para criar a un hijo. "Como
aprendieron que así es como mejor se educa, entonces hay personas
que recurren al castigo y otras al golpe", indica. También por el
sentido posesivo que ejercen algunos adultos: "Es mi hijo y yo sé
como criarlo", dicen.
Esas manifestaciones de
violencia pueden ser aisladas, pero lo grave es cuando se convierten
en método de crianza y educación. "Entonces se va haciendo común
no solo el maltrato físico, sino el maldecir, gritar, decir
palabras que lastiman la autoestima del niño".
"Al
tener esa exigencia, continua y diariamente la mamá se está
manifestando mediante lo verbal —al regañar al niño, gritarle—
o con algún golpe en un momento determinado, sea una nalgada, un
halón. Esa reacción violenta, asociada en parte a toda la carga
que tiene la madre desde lo doméstico y lo laboral, sumado a otras
responsabilidades con los hijos, hace que se exprese más
abiertamente y se vea como la que más castiga."
Pero los padres también
lo hacen. "Y a veces con una mirada o una palabra les basta". En
ocasiones siquiera necesitan estar presentes para ejercer su
autoridad. Expresiones como: "Deja que tu papá llegue" son
suficientes. Otras el padre llega y no tiene que castigar ni pegar:
solo tiene que mirar.
"Es
parte de la educación de los sexos: las mujeres más formadas en la
acción verbal y la palabra; el hombre en la acción del gesto, no
verbal, por la autoridad y poder que le confiere ser hombre en la
construcción de la masculinidad."
¿Enseñan?
Está comprobado que los
golpes sí enseñan... sobre todo a golpear. "La violencia es
aprendida. Quien aprendió a golpes está enseñando precisamente
eso: a transmitir violencia. Porque de hecho, todas las personas que
aprendieron con el golpe, si bien aprendieron, están dañadas desde
lo psicológico y recibieron algo que no querían, esperaban ni les
hubiera gustado recibir de sus personas más queridas".
Ocurre también que el
maltrato infantil no tiene una sola cara. Y ese rostro, más
reconocible cuando hay abuso físico y verbal, no lo es tanto si se
trata de un maltrato pasivo o indirecto, que también daña.
Meditar a tiempo en todo
esto y reflexionar, como padres y madres, es el llamado que Artiles
hace a los adultos como antídoto de amor y no violencia. "Porque
podemos estar implicados, ser personas que transmitimos violencia y
no nos damos cuenta". Conversar con los hijos, establecer normas,
contratos, convenios, compromisos familiares, es un camino quizás
más arduo, pero muy necesario, "Eso está vinculado a la
comunicación y los modelos educativos que no siempre llevamos en
nuestros hogares", agrega.
Los silencios, la
ausencia paterna, el abandono, la desatención de la higiene, la
alimentación y otros cuidados a niños y niñas, también son actos
violentos.
Y sus consecuencias
pueden ser diversas: personas retraídas, que se subvaloran. Niños
hiperactivos, agresivos, con uñas comidas, irritables, gritones.
"Hay
expresiones como: yo no sé qué le pasa a este niño que está tan
violento, grita, está irritable. A veces hay que responder mira el
espejo: El niño es el reflejo de lo que tú le has estado
enseñando: no hay otra respuesta", concluye Artiles. |