Insertado en su ciudad (nació en
Guanabacoa hace 58 años), el cineasta Fernando Pérez vuelve a
andar por el tránsito de una lectura crítica de la existencia, al
presentarnos su último largometraje: Suite Habana.
Este filme había nacido como parte
de un proyecto televisual, ya que a realizadores de diferentes
países se les había encargado un documental de 55 minutos para
incluirlo en las televisoras europeas, bajo el título genérico de
"Ciudades invisibles".
Abortado el proyecto, pero ya
iniciado el rodaje por Fernando, el documental original,
coproducción entre Cuba y España (ICAIC y Wanda Films), se
transformó en un largometraje de 85 minutos que ha puesto en crisis
las definiciones porque ni es un filme de ficción, ni tampoco un
documental al uso.
Es, como me manifestó el realizador,
un testimonio que supera los esquemas, porque suma los recursos
expresivos de la ficción en la puesta en escena, y asume el legado
del cine documental para adentrarse en la vida real de sus
protagonistas.
Estos incluyen una amplia gama, desde
una anciana que vende maní hasta un niño dawn de 10 años, que se
mueve por las zonas más populosas de la capital cubana, en los
municipios de Centro Habana, Diez de Octubre, la Lisa, entre otros,
para narrar un tiempo de 24 horas sin entrevistas ni comentarios en
off del narrador.
Si cuando se cerró el siglo XX en el
cine cubano Fernando Pérez fue seleccionado, por la crítica
especializada, como el director más importante de la década del
90, no temo equivocarme al opinar que también es el director que
abre el XXI con la máxima "pegada", al producir su Suite
Habana.
En este filme está la mirada
crítica y la reflexión lúcida y angustiada, desgarradora de un
artista sensible y honesto, consecuente con sus ideas y
sentimientos, que se adueña de la realidad para dar la demoledora
belleza de la verdad, libre de edulcoraciones y de afeites.
Él desnuda la sociedad, presenta sus
complejidades, valora utopías y convoca a una introspección que
conduce por el sendero de la estética a cuestionamientos de
naturaleza moral, filosófica y humana, sin caer en la metafísica
de sus anteriores propuestas cinematográficas.
Quizás, por esto, sea este filme el
más doloroso de toda su obra y la muestra fehaciente de un talento
que le ha permitido algo muy difícil: superarse a sí mismo. (AIN)