Eminencia, Cardenal Crescenzio Sepe,
Prefecto de la Congregación Pontificia para la Evangelización de
los Pueblos y enviado del Vaticano para este evento;
Eminencia, Cardenal Juan Sandoval
Íñiguez, Arzobispo de Guadalajara;
Monseñor Luis Robles, Nuncio
Apostólico en Cuba;
Estimadísima Madre Tekla
Famiglietti, Abadesa General de la Orden del Santísimo Salvador de
Santa Brígida;
Distinguidas personalidades
eclesiásticas y seglares aquí presentes;
Mujeres cubanas y de todo el mundo
que hoy conmemoran su Día Internacional. A ellas dedicamos también
este hermoso y singular acto:
Era el año 1956. Estábamos en
México. Habíamos dicho con audacia que antes de finales del mismo
seríamos libres o seríamos mártires.
Han pasado casi 47 años desde
entonces. Allí comenzó la historia de la madre Tekla.
Una tarde del mes de junio de ese
año fui arrestado con algunos compañeros por agentes de una
importante institución de seguridad mexicana. Su jefe era un joven
oficial del ejército mexicano que nadie conocía entonces, Fernando
Gutiérrez Barrios.
Las medidas de precaución que nos
hicieron sospechosos y originaron la captura se debían al peligro
real de nuestra eliminación física por parte de otro organismo del
Estado con el que Batista, mediante agentes pagados, intentaba
descabezar nuestro movimiento.
De la forma en que se produjo el
arresto y dada nuestra disposición a defendernos, pensando en un
posible secuestro, sólo por insólita casualidad salimos con vida.
Nos ayudó la suerte. Habíamos caído en manos de una fuerza
dirigida por un jefe caballeroso. Inicialmente nos creía un grupo
de contrabandistas. Era lo que estaba en boga. La droga no existía
entonces como el grave problema de hoy. De Cuba no había
información. Pronto, sin embargo, aquel jefe descubrió a firmes y
decididos patriotas. Cumplió con rigor su deber en todo instante.
Aunque no dejó de buscar cuanta pista fue posible sobre armas y
encontró unas cuantas, lo hizo ya por otras motivaciones de tipo
legal. Esto incluso despertó en él y sus hombres cierta
admiración. El General Lázaro Cárdenas, verdadero ídolo de su
pueblo, se interesó por nuestro caso y ello ayudó a reducir el
tiempo de prisión y limitó las peores consecuencias del incidente,
aunque las medidas de control y vigilancia hasta nuestra partida
clandestina de México siguieron siendo rigurosas. Sin embargo, de
aquel imprevisto encuentro con el oficial de seguridad surgió una
amistad que duró hasta su reciente muerte. Transcurridos los años,
el oficial llegó a ocupar destacadas responsabilidades en el país.
Sin él, tal vez no habría sido necesario contar esta historia.
En septiembre del 2000, Gutiérrez
Barrios, como en otras ocasiones, realizó una visita a Cuba. Con
él venía esta vez un distinguido grupo de religiosos católicos
mexicanos. El interés de ellos era realizar un especial
esfuerzo para tratar de poner fin al cruel bloqueo contra Cuba. En
aquella visita nos presentó a una personalidad religiosa mexicana
hacia la que guardamos especial respeto: el prestigioso Cardenal
Juan Sandoval Íñiguez, Arzobispo de Guadalajara, quien
recientemente invitó allí a la numerosa delegación cubana a la
Feria del Libro a una cordial recepción. Con él venían también
los representantes de la Conferencia Episcopal de México, Luis
Morales Reyes, Presidente; Monseñor Abelardo Alvarado, Secretario,
y Monseñor Luis Barrera, Secretario Adjunto, así como el
empresario mexicano José María Guardia.
En su noble y amistoso anhelo de
poner fin a una injusticia que duraba más de 40 años, aspiraban a
contar con el apoyo de numerosas instituciones religiosas, incluidas
norteamericanas.
Aparece entonces la madre Tekla,
actual Abadesa de una Orden fundada en 1370 por Santa Brígida,
procedente de una familia sueca de origen noble y rico, que murió
en 1373 después de renunciar a su condición social y a toda su
riqueza.
La madre Tekla visitó Cuba cuatro
veces entre mayo del 2001 y noviembre del 2002. Por su dinamismo,
consagración, carácter bondadoso, y muy activa, pronto ganó
simpatía y amistad entre todos los que la conocimos. Su Orden
religiosa tiene hoy 46 casas en 15 países. Expresó, como era
lógico, el ferviente deseo de que la institución estuviera
presente también en Cuba. Lo mismo había hecho años antes la
famosa madre Teresa de Calcuta mundialmente conocida, que como otras
Órdenes de ese carácter recibieron permiso para realizar en Cuba
sus actividades, generalmente consagradas a prestar servicios de
gran valor humano en asilos, centros hospitalarios, de asistencia
social y otras instituciones similares; trabajos, como regla, muy
duros y abnegados, que jamás dejaron de recibir reconocimiento,
gratitud y apoyo en nuestro país.
La madre Tekla deseaba
particularmente inaugurar el Convento de la Orden del Santísimo
Salvador de Santa Brígida al cumplirse el quinto aniversario de la
visita del Papa a Cuba. Como toda actividad noble y no
contrarrevolucionaria relacionada con nuestro país, recibió
determinada oposición en el exterior, pero logró a su vez apoyo de
numerosas instituciones religiosas, de modo especial por parte de
las personalidades de la Iglesia mexicana que la promovieron, y el
aliento del Vaticano, donde la madre Tekla es muy apreciada por su
obra en la Orden, la que ha dirigido con éxito por más de veinte
años.
La institución religiosa aportó
importantes sumas al proyecto. Por su parte Cuba, a través de los
planes de reconstrucción de la Habana Vieja, que ya hoy gozan de
reconocimiento mundial, facilitó local adecuado y ayuda
constructiva para esta obra.
Hoy aquí, por tanto, inauguramos no
una escuela, un policlínico, una fábrica, un hotel u otras de las
miles de obras sociales o económicas realizadas por la Revolución,
sino la sede de una noble, simbólica y prestigiosa institución
religiosa.
Me complace, en este sencillo acto,
que tiene lugar en un instante crucial para la humanidad, expresar
el reconocimiento al esfuerzo humanitario que realizan las madres y
hermanas de numerosas Órdenes de distintas denominaciones
religiosas, que consagran su vida a aliviar los sufrimientos y el
dolor de muchas personas que lo necesitan, lo cual más de una vez
hemos elogiado con toda sinceridad. Rendir también tributo de
respeto a todas las iglesias y dirigentes religiosos que en
cualquier lugar del mundo se oponen hoy a la guerra y luchan por
la paz.
Deseo que este lugar sea ejemplo de
espíritu ecuménico. Las creencias y motivaciones religiosas de
miles de millones de personas no necesitan ni podrían ser
cambiadas; las intransigencias y los odios entre hombres y pueblos
sí pueden y deben ser erradicados. Los que rechacen tal alternativa
estarían negando la condición humana de nuestra especie.
Especial respeto, seguramente
aceptado por muchos creyentes de otras religiones, merece el
esfuerzo denodado e incansable por la paz que está realizando el
Papa Juan Pablo Segundo, pese a dificultades físicas y de salud, en
su especial esmero por evitar una guerra en el Medio Oriente, cuyas
consecuencias humanas, políticas y económicas para el mundo pueden
ser desastrosas.
De modo muy particular deseo expresar
nuestra profunda gratitud a la madre Tekla y a los amigos de la
Iglesia mexicana, que solicitaron y lograron la presencia de su
prestigiosa Orden en Cuba y que hoy pueda inaugurarse este bello
símbolo de fraternidad y paz.
Un mundo de paz y justicia es
posible. Eso estamos tratando de demostrar hoy.
¡Muchas gracias!