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Cuba y su sistema de
Gobierno
Una institucionalidad democrática y revolucionaria
MARÍA JULIA MAYORAL
Desde una perspectiva
jurídica y constitucional, en el mundo imperan hoy, principalmente,
dos modelos de gobierno. Según se incline la balanza en la
distribución de las prerrogativas, podemos hablar de sistemas
parlamentarios o presidencialistas. En el primero se supone que el
papel rector lo desempeñe el Parlamento; en el segundo, el
Presidente está en el vértice del ejercicio del poder. ¿A partir
de ahí puede juzgarse la naturaleza democrática? ¿Cómo
caracterizar la experiencia cubana?
El profesor de la
Universidad de La Habana y Máster en Derecho Público, Homero
Acosta, ofrece sus puntos de vista a Granma.
DEL ORIGEN A LAS
CRISIS
El sistema
parlamentario, iniciado en Inglaterra y luego extendido con
distintos matices por la Europa continental durante el siglo XIX
después de la época napoleónica, tiene como rasgos distintivos la
dualidad en la jefatura del Estado y del Gobierno, que los ministros
por lo general son parlamentarios o necesitan de la confianza de ese
órgano para desarrollar su gestión, y la existencia de un Gabinete
encargado de las labores ejecutivas.
El profesor Homero Acosta
imparte Derecho Constitucional
en la Universidad de La Habana.
Dicho sistema, recuerda
el especialista, funciona tanto en las Monarquías como en las
Repúblicas. En las primeras el Jefe de Estado es un monarca no
representativo, y en ambas el Jefe de Gobierno (Presidente o Primer
Ministro), es electo de manera indirecta, por vía parlamentaria.
En opinión del profesor
Acosta lo que estuvo en la génesis del parlamentarismo, se ha
adulterado. "Con el desarrollo de los partidos políticos cambió su
fisonomía. Frecuentemente se emplean frases como Democracia del
Canciller o Dictadura del Premier para señalar la
preeminencia mantenida por esa figura, que es a su vez líder del
Partido ganador en la contienda electoral.
"Los
principales asuntos se resuelven, como regla, en el Gabinete, y el
Parlamento ha ido quedando solo para ratificar medidas. Muchos
concluyen que realidades como esas develan la crisis existente."
El sistema
presidencialista, recuerda el investigador, surgió en Estados
Unidos de Norteamérica, a partir de la interpretación dada por los
padres fundadores de esa nación a lo que en su momento fue la
relación entre el rey y el Parlamento en Inglaterra. De tal forma,
los cargos de Jefe de Estado y de Gobierno quedaron reunidos en una
sola persona, la cual no es electa directamente por el pueblo, sino
por parte de un colegio electoral de compromisarios.
En más de una ocasión,
la voluntad del cuerpo electoral estadounidense, es decir del
pueblo, no ha contado para nada. "El candidato con mayor número de
votos populares no ha sido siempre el ocupante de la silla
presidencial. Y no hablo del caso Bush, que es el ejemplo más
reciente. Tales realidades conducen a cuestionarse la legitimidad
democrática de esos `electos' y del sistema en sí".
"A
lo anterior se unen las amplias facultades que tienen los
presidentes en EE.UU. para nombrar a los ocupantes de altos cargos
administrativos, vetar leyes y adoptar otras importantes decisiones
en materia de política interior y exterior."
Sería oportuno aclarar,
añade el especialista, que en Estados Unidos aunque constantemente
se habla del Gabinete, en puridad se trata de un eufemismo. Los
secretarios que designa el Presidente, aunque poseen atribuciones
propias, no forman un órgano diferente, son simples asesores o
consejeros del mandatario, en quien recaen las facultades clave.
"Aun
cuando los defensores del modelo presidencialista plantean la
existencia de un sistema de frenos y contrapesos (check and
balance) que aseguran determinados equilibrios, la distribución
del poder real favorece al Presidente que, en el caso de Estados
Unidos, cada día toma mayor alcance. Entre esas facultades no deben
olvidarse las relacionadas con la guerra, que en nuestros días
puede llegar al uso de las armas nucleares. Por decisión del
mandatario, en determinadas circunstancias, ese país puede
involucrarse en un conflicto bélico sin la aprobación del
Congreso."
Salvo excepciones, el
modelo presidencialista norteamericano fue el implantado en América
Latina, con más o menos prominencia en unos u otros países. Cuba,
en 1901, al iniciarse en la vida republicana, adoptó ese sistema.
Algunos autores afirman que más tarde —a partir de 1940—, la
Isla pasó a una organización semiparlamentaria, pero en opinión
del profesor Acosta esa afirmación no es exacta.
Lograda la victoria
popular en 1959, no fue hasta finales de los años setenta, luego de
numerosas transformaciones radicales en todos los órdenes, que la
Revolución pudo plantearse dar un diseño institucional, abarcador
y coherente, al poder político ganado por nuestro pueblo.
Afirma que esa nueva
institucionalidad tiene su mayor valor en que retoma y da nueva vida
a lo más avanzado del pensamiento democrático y revolucionario del
siglo XIX en nuestro país, e incorpora las concepciones esbozadas
por Fidel.
Aunque algunos han
señalado cierto mimetismo en el diseño cubano en relación con el
existente en los antiguos países socialistas; en nuestro caso,
señala el investigador, se hizo un juicio crítico de esas
experiencias, hubo cuestiones que no se incorporaron y errores que
no se reprodujeron, sobre todo en cuanto al sistema electoral.
"Lo
que nos distingue y diferencia es el contenido dado a esa
institucionalidad, a partir de nuestras tradiciones, del vínculo
establecido entre los electos y el pueblo, y de las amplias bases
participativas para constituir y controlar el funcionamiento de los
órganos del Poder Popular."
Nuestro país, explica,
es una república unitaria, no es un estado federal, el poder
público radica esencialmente en los órganos superiores y en ellos
se generan las normativas jurídicas fundamentales. Como quería
Martí, tenemos un sistema que preserva la unidad nacional y basa su
funcionamiento en la dirección colectiva.
La Asamblea Nacional del
Poder Popular, apunta el especialista, representa la voluntad
soberana del pueblo, elige dentro de su seno al Consejo de Estado,
es el único órgano con facultad legislativa y constituyente,
ejerce la más alta fiscalización sobre las estructuras del Estado
y del Gobierno, y a ella le rinden cuenta, por tanto, los Consejos
de Estado y de Ministros, los Organismos de la Administración
Central, la Fiscalía, los Tribunales y las Asambleas Provinciales
del Poder Popular.
"Por
sus características, el diseño cubano no puede inscribirse ni como
parlamentario ni como presidencialista. El Jefe de Estado, que es a
su vez Jefe de Gobierno, tiene facultades propias reconocidas por la
Constitución, pero la esencia de su labor está en dirigir órganos
colegiados de dirección: los Consejos de Estado y de Ministros.
Entonces, es oportuno aclarar que en Cuba no existe el cargo de
Presidente de la República."
EL FETICHE DEL PODER
Asegura el profesor
Acosta que las distinciones entre sistemas parlamentario,
presidencialista y mixto para ponderar o criticar el alcance y la
naturaleza democrática, son a fin de cuenta un fetiche. Tales
clasificaciones, cuando más, sirven para explicar las
características jurídicas y constitucionales, pero no para develar
el real ejercicio del poder.
"Muchas
de las llamadas democracias occidentales viven hoy una crisis de
representación. Los partidos políticos son cada vez más el centro
del sistema político y no los órganos 'legitimados' en los actos
electorales. Por distintas vías sigue reduciéndose la
participación del pueblo en la toma de decisiones.
"En
sentido general, en los modelos provenientes del pensamiento
burgués europeo de los siglos XVIII y XIX, los mecanismos de
revocación, control y rendición de cuenta de los gobernantes a los
gobernados, no están previstos en la mayoría de los casos."
Hay estudiosos,
concluye, que reconocen en el modelo parlamentario un grupo de
virtudes superiores al presidencialista; pero la esencia no está en
el diseño, sino en cómo se conforman esos órganos y a qué
intereses responden, quiénes proponen y postulan a los candidatos,
qué posibilidades tienen los ciudadanos de acceder al poder, y por
cuáles vías estos participan en el gobierno, controlan a sus
representantes y los revocan cuando estimen pertinente. Esos son
valores que los cubanos conocen bien, luego de más de 25 años de
Poder Popular. |