Langosteros de La Panchita

Poesía en alta mar

JOSÉ ANTONIO FULGUEIRAS

Ella comienza a emerger en el agua correntona, mientras el barco acaricia la idea de su acercamiento al litoral. Primero le brota el pelo entre las olas mansas o revueltas, según soplen la brisa o el terral. Luego aparecen los ojos y las mejillas dentro del vaivén de espumas fugaces.

Foto: BARRERITADespués asoman los labios y la sonrisa, y a Jon le brillan las pupilas en la imagen de Bárbara, quien lo recibirá, como siempre, para una nueva luna de miel de fin de semana.

Jorge Hernández es un pescador de 46 años con más salitre en el cuerpo que en el barco mismo. En la piel no le cabe ni un grano más de sol ni de agua salpicada por la nasa cuando esta sale a flote con las langostas coleteando dentro de su prisión marina, zambullida hasta hace un instante a tres o cuatro brazas bajo el manto verde movedizo.

Él es un hombre feliz porque es el patrón de uno de los barcos langosteros más productivos desde hace más de un lustro, de la flota de La Panchita. "¿Quién me puso Jon? Ni yo mismo lo sé ni mi madre tampoco. Mi padre fue el que me apostó el mar entre ceja y ceja y me inculcó la pasión por las nasas, los palangres y las caretas de bucear. Ahora ando más tiempo de marino que de terrestre."

Se ciñe un sombrero de guano de alas gachas, y es un pescador. Se quita el sombrero y es un pescador. Se pone un traje de cuello y corbata y continúa siendo el mismo pescador. Jon tiene el mar retratado en cada centímetro del cuerpo, y hasta cuando habla, las palabras no son más que chinchorros lanzados por la voz.

"En 1999 capturamos 70 toneladas en esta zona desde Sardina hasta el Mosquito, a más de 60 millas de la costa. Ese fue un récord, pues lo tradicional son 40 a 50 toneladas. En junio, después del levante de la veda, y en octubre-diciembre, son los meses donde más camina la langosta", y orienta los dedos de la mano izquierda como las patas del crustáceo, mientras señala para el agua verdosa como si tuviera el don de escrutar el fondo marino.

Archiva en su pecho fornido seis medallas de Vanguardia Nacional y el prestigio ganado, de sol a luna. "No sé si soy bueno o malo, lo que si sé es que todos los planes los cumplimos y le entregamos esa fuente de divisas al país. Yo soy el patrón del barco y el primero que me tiro al agua si hay que trabajar a jamo, o si hay que hacerlo desde el chapín. En el mar no existe otra manera mejor para exigirles a los hombres."

Con la suma de Miguel, Tillo y el Congui, a su tripulación bien podría bautizársele como el cuarteto de los Hernández.

Jon tiene dos hijos que le saborean la existencia. "La hembra está estudiando en la Escuela de Trabajadores Sociales Celia Sánchez, de Santa Clara, y el varón de 9 años de edad, me cae atrás para subirse al barco. Cuando sea grande a lo mejor le da la espalda a la marea o se lanza por la ruta de su abuelo y su padre".

Ya los pescadores no son un manojo de tablas zozobrando al pairo sobre el desamparo del cielo y del mar. "Nosotros salimos muy bien remunerados de la pesca con una vinculación en moneda nacional y en divisa. Por el mediodía leemos los periódicos que nos traen y por la noche vemos la televisión y oímos la pelota. Discutimos como el cubano más preparado sobre política, cultura o deporte".

¿Jon, leíste El Caballo de Coral de Onelio?¿El hombre que desde la cubierta de un barco langostero se extasiaba con mirar el fondo del mar hasta ver aparecer galopante al jamelgo marino?

"Sí, hace muchos años, pero hay cosas que se pueden escudriñar sin ir al fondo. Solo hay que disponer los ojos entre la proa y la banda de babor, y saber pintar, con la pupila, una imagen hermosa sobre el agua."

 

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