Dos ceros extraordinarios

Logran de nuevo en el Escambray cienfueguero mantener en cero las tasas de mortalidad infantil y materna

Ramón Barreras Ferrán

CUMANAYAGUA.— La montaña es bella, indiscutiblemente. Allí todo parece diferente y encantador. Pero a la vez resulta difícil andar en ella, porque tiene muchos parajes, donde viven no pocas personas, muy intrincados de difícil acceso.

Esa característica le da una singularidad especial cuando del sistema de Salud Pública se trata, pues, por ejemplo, no es igual la labor de un médico de la familia en el llano que en la serranía.

Por eso, cada uno de los dos ceros que agrega el año recién finalizado a las tasas de mortalidad infantil y materna tienen carácter extraordinario y se levantan como un obelisco a la obra revolucionaria en un sitio de la geografía cubana que estuvo tan olvidado antes de 1959.

En este lomerío puede encontrarse a muchas personas que aún recuerdan con claridad duras realidades de la etapa prerevolucionaria. En San Blas, punto intermedio de unas de las vías de acceso en la premontaña, hay quienes todavía miran hacia la empinada Loma de la Ventana y evocan en su memoria la triste escena de los padres que bajaban con las cajitas al hombro para darle sepultura en el cementerio local al pequeño hijo muerto sin atención médica.

Una de las primeras obras de la Revolución en el Escambray fue precisamente construir un hospital en San Blas.

Hace muy poco fui testigo excepcional allí de un hecho que convence más que mil argumentos: una joven madre llegó con su pequeño hijo con falta de aire, fiebre muy alta y un estado físico general bastante deteriorado. Los médicos y enfermeros de guardia, jóvenes todos, asumieron de inmediato la atención del niño. Durante varias horas batallaron con él, hasta que...

"Ya el peligro mayor pasó", me dijo el director del centro con evidente alegría. Cuando salí del departamento de emergencias pude ver un hombre de unos 70 años de edad, de rostro arrugado, que se echó el sombrero de guano hacia atrás y dijo con voz entrecortada, pero alta como para que se oyera en todo el lomerío: "En mi época se hubiera muerto ese muchacho". Después supe que era el abuelo paterno del infante.

Lo logrado en el Escambray cienfueguero en el programa materno infantil, según explicó a este diario el doctor Enio Castiñeira, funcionario de la Dirección Provincial de Salud, es un reflejo de los favorables resultados integrales que registró este territorio.

El pasado año finalizó aquí con una tasa de mortalidad infantil de 4,7 por cada 1 000 nacidos vivos, y sin muertes maternas por causas directas atribuibles al parto. Las razones, según el especialista, están en el fortalecimiento de la atención primaria, el desarrollo de los programas de genética y tecnología de avanzada, y mejor atención a las embarazadas y al parto propiamente dicho. De imprescindible considera la labor de los 15 hogares maternos, dos de los cuales están en las zonas montañosas de San Blas y Crucesitas.

No por reiterados en los últimos años esos dos ceros tienen menos valor. Al contrario, se multiplican, aunque la aritmética lo niegue.

 

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