Reina de los mares

Texto y foto: Pastor Batista Valdés

AMANCIO RODRÍGUEZ, Las Tunas.— Dicen que es incansable, que cuando a los pescadores empiezan a agotárseles las piernas y a dolerles las costillas, todavía ella, trabajando en silencio, está animosa para continuar. Debiera ser una mujer ruda, para permanecer días y días a pleno mar, preparando alimentos y halando chinchorro, codo a codo con cuatro hombres... pero es tan delicada como la más femenina de las mujeres.

"Mi vida está en el mar".

Aún recuerdo nítidamente aquel atardecer de diciembre, cuando mirando hacia las tranquilas aguas del Golfo de Guacanayabo, Reina Góngora Ramírez me regaló una sonrisa y al instante susurró: "Si no fuera pescadora, entonces puedes estar seguro de que sería... ¡de todos modos pescadora!

"Nunca me ha preocupado si soy la única pescadora de la provincia —me dice ahora rechazando la exclusividad—; creo que en Manatí está pescando María Justo, pero si algo desearía es que en Cuba otras también lo hicieran, no solo para demostrar que somos tan capaces de realizar esta labor como cualquier hombre, sino también porque es un oficio que se te va metiendo dentro, te enamora y no puedes deshacerte de él."

¿Qué tiempo llevas entre sus redes?

"Oficialmente ocho años, aunque en verdad desde antes pescaba de forma voluntaria en el barco con mi esposo. El era patrón. Por entonces vivíamos en el puerto de Manatí. Yo había trabajado algún tiempo en el salón de procesamiento de ostiones y mariscos, pero un día me fui; mi vida estaba en el mar. Por eso no lo pensé dos veces cuando en 1994 Estupiñán, el administrador, me preguntó si quería ser plantilla del barco.

Supongo que a pesar de sus encantos, el mar reserva momentos malos también.

"Algunas personas piensan que lo peor es el sol del mediodía y de la tarde, el salitre, los mosquitos, la brisa o la fatiga del trabajo... pero lo que a veces me pone un poco mal a mí es la noche, porque me empiezo a acordar de mi familia, de mis hijas, de los nietos, de mi esposo..."

Calla por un instante y mira de nuevo al mar, como buscando algo en la lejanía.

Supe que murió en septiembre pasado a causa de...

"Una parálisis renal. José Justo Cedeño y yo llevábamos 30 años de matrimonio. Con él aprendí el color de la vida y los secretos del mar. Con él hice la travesía de Norte a Sur hasta este lugar donde me sigo sintiendo perfectamente bien y en el que espero terminar mi casa. Con él como patrón no había nada difícil para el Ferro Nevero 75: ni los planes de captura ni las escaseces. Era muy optimista. Por eso, cuando pintamos de verde nuestro barco y lo dejamos como si fuera nuevo, le pusimos La Esperanza... Mi esposo había puesto en él toda su alegría y sus esperanzas."

En las más ardientes tardes, cuando después de tres agotadores lances el cuerpo clama por un pedazo de cubierta donde tenderse a descansar, una silueta femenina sigue en actividad, preparando la comida, caminando por el barco, mirando al mar a bordo de un suspiro.

Yaniel, el patrón, suele observarla con nostalgia. Y como Gerardo (el maquinista) o como los marineros Dagoberto y Rolando, quizás imagine que, entre sus sueños, Reina alberga la esperanza de ver un día sobre el horizonte la silueta risueña de su esposo. Ella, en cambio, tiene la seguridad de que él está todo el tiempo ahí, a su lado, arrullándola con la brisa marina, ayudándola a tomar, a golpe de chinchorro, esas riquezas que con su natural bondad aporta el mar.

 

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