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8 de enero de 1959
El día en que Libertad se conoció a sí misma
FÉLIX LÓPEZ
Libertad
Montero acababa de cumplir diez años, pero no olvida el rostro de
aquel joven barbudo que la abrazó con ternura y le preguntó qué
sería de grande. El 8 de Enero de 1959 ella había amanecido, como
toda su humilde familia, al borde de la Calzada de Luyanó, para dar
la bienvenida a Fidel y al triunfante Ejército Rebelde en su
entrada a la capital.
En su corta vida,
Libertad no había visto tan feliz a su gente. Banderas cubanas y
del 26 de Julio cubrían las fachadas de casas y edificios, los
carteles anunciaban el fin de la tiranía y la música se mezcló
con el júbilo y la algarabía populares. Era, como bien tituló un
diario al día siguiente: "La apoteosis de la apoteosis". La
felicidad había retornado a Cuba.
Los altavoces inundaron
La Habana aquel 8 de Enero, y la gente seguía por la radio el
recorrido de La Caravana de la Libertad. "Fidel ya está en el
Cotorro, sobre uno de los tanques ocupados al ejército de Batista"...
"Acaba de abrazar a su hijo Fidelito"... "Los trabajadores de la
cervecería son sus anfitriones por unos minutos"... "Ahora va sobre
un yipi por la Virgen del Camino, y prosigue el recorrido por la
calzada de...".
Parada en puntillas,
Libertad congeló esta imagen en su memoria: "Bajo las largas barbas
de aquellos rebeldes se descubría una bondad inmensa. No asustaban
sus armas, porque sus sonrisas y saludos ofrecían una seguridad sin
límites y eran como la confirmación de nuestras esperanzas.
Aquella larga caravana barría de una vez con la miseria, la
corrupción de los políticos, el entreguismo a los yankis. Yo era
una niña para descifrar tantos significados, pero sabía que algo
grande comenzaba a sucederle a mi Patria".
Para cada habanero
aquella imagen duró un instante, pero fue inolvidable: Concha,
Atarés, la Avenida del Puerto, y allí el abrazo entre Fidel y
Collado, el timonel del Granma, anclado para siempre en la
historia... Malecón, el Prado y el joven líder de la Revolución
sube a una de las terrazas del Palacio Presidencial, desde donde
dirige un breve discurso al pueblo.
Horas demoró la llegada
de la Caravana al campamento militar de Columbia. Por Malecón, 23,
41 y 31, la gente, emocionada, se tiraba a las calles y no dejaba
avanzar a los rebeldes. Todos querían abrazar a Fidel y a sus
míticos soldados. Bajo su sombrero Camilo era una mezcla de sonrisa
y asombros... Aquella entrada triunfal a La Habana era, sin lugar a
duda, la entrada a la Historia.
Al término de la
marcha, en su memorable discurso en Columbia, Fidel agradecía a
quienes con tanto amor lo habían recibido a su paso por toda la
Isla: "Nuestra más firme columna, nuestra mejor tropa, la única
tropa que es capaz de ganar sola la guerra, esa tropa es el pueblo.
Más que el pueblo no puede un general, más que el pueblo no puede
un ejército. Porque el pueblo es invencible y el pueblo fue quien
ganó esta guerra.
"De
la disciplina del pueblo y del espíritu del pueblo, confesó Fidel,
me siento orgulloso, porque si algo realmente excelente ha hecho, es
demostrar su dignidad y civismo. Vale la pena sacrificarse por un
pueblo así. ¡Jamás defraudaremos a nuestro pueblo!".
Con 53 años, Libertad
Montero, la niña que un barbudo alzó desde la multitud, confirma
que Fidel ha sabido cumplir su juramento con el pueblo: "Jamás,
dice, la Revolución nos ha defraudado. Que me pregunten a mí, que
era la hija de un obrero ferroviario pobre, con hermanos que
vendieron periódicos y limpiaron zapatos, y ahora los tres somos
profesionales. Yo me hice médico. Lo mismo que le aseguré a un
rebelde aquella mañana del 8 de Enero". |