Zarza viene de Altamira y de África

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Para Rafael Zarza, el toro va mucho más allá de ser una obsesión. Es su marca de fábrica, su definición icónica. Lo que fueron los gallos para Mariano o lo que son los caballos para Frómeta. Toros de poderosa cornamenta y masa corporal aguerrida que tempranamente, en una de las célebres Exposiciones de La Habana, con las que Casa de las Américas en los sesenta se insertó en el universo del grabado iberoamericano, saltaron al ruedo y señalaron la presencia de este artista. Toros que aparecen y reaparecen en su obra, que se transforman y magnifican, hasta el día de hoy, en que desde otra perspectiva habitan la sala Siglo XXI del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, en la Plaza Vieja, donde la muestra ZARZA, toros pintados, se exhibe hasta los primeros días del 2003.

La cornamenta ha ido pasando en diferentes culturas como símbolo de status y poder. Y por lo tanto de transfiguración mítica. He ahí una de las claves que Zarza explota desde una perspectiva cultural, con profundo conocimiento de causa. El artista ha revisitado las estancias taúricas occidentales —referente obligado las cuevas de Altamira— pero también, hecho inédito en la percepción de un pintor cubano, las africanas. Subrayo esto último porque pudiera parecer engañoso detenernos únicamente en lo que dice el artista al explicar cómo "a fines de 1999, al regreso a Cuba y bajo el influjo de un viaje a España, comienzo a trabajar en la aparición del arte en Europa y a pintar muy personales apropiaciones de pinturas rupestres descubiertas en las cavernas de Altamira, en Santander, España; y en Naux, Lascaux, y más recientemente en Point Darc, en Francia, atribuyéndole a mis lienzos un determinado simbolismo mágico que me permitiera obtener buena caza y alimentos, al igual que los pintores del Paleolítico".

En efecto, esa es la motivación esencial. Pero hay otra más, oculta, que se refleja en estas telas. La mano y la mente que han sabido profundizar en los orígenes del arte occidental, y explícitamente hacen un parangón con las necesidades del artista en todas las épocas —pintar lo que se quiere o pintar lo que otros quieren— también están permeadas por una sensibilidad gráfica que proviene de la observación y la asimilación de la visualidad característica de los ritos de África central. La selva de Mayombe nos hace guiños en obras como El tótem y Toros y brujo danzando, por citar dos ejemplos, en los que el encuentro de culturas se realiza a nivel subliminal.

Agradezcámosle a Zarza su fidelidad hacia sí mismo y su sentido de indentidad en tiempos donde estas virtudes ceden muchas veces ante los imperativos del mercado. La "buena caza" está en su arte.

 

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