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Lam para despertar la
danza
ANDRES D. ABREU
Un
tanto de curador tuvo que vestirse Eduardo Veitía, coreógrafo,
bailarín y director del Ballet Español de Cuba, para introducirse
en la historicidad de Wifredo Lam y extraer las motivaciones para un
despertar danzario que homenajeara la celebridad del gran pintor
cubano.
Veitía apostó a
iniciar Danzando sueños con el legado pictórico de ese
período académico de 15 años vividos por Lam en España, y así
sorteó con mayor facilidad la transposición de estilos y
lenguajes.
Emerge entonces un
primer cuadro escénico a partir de La ventana, símbolo
final del período formativo que dejó al pintor en un declive de
inspiración y repitiendo este paisaje arquitectónico.
La ventana, de Lam.
Esta imagen admite la
utilización musical del tan clásico Concierto de Aranjuez,
de Joaquín Rodrigo, bailada desde la postura más académica de la
danza española, así como la teatralidad intimista con que Veitía
asume la personalidad del pintor.
Para el segundo cuadro, La
gran exposición, se escogió al Lam que llegó a París en 1938
y se marcha de Francia en 1941 ante la Segunda Guerra Mundial, pero
tomando del artista piezas donde vuelca su resaca de España y
trabaja la imagen de la mujer desde su arte inundado de vanguardias.
Aquí comienzan los
mayores riesgos de la coreografía. La música cambia a una mezcla
lograda de variados ritmos y acentos flamencos, donde se actualiza
el criterio de lo multicultural. Sobre ella se obliga a otra danza.
Liliana Fagoaga, en Maternidad;
Irene Rodríguez, en Desnudo de mujer; y Lumey Gálvez y
Grisel García, en Dolor de España; recrearon los lienzos
con movimientos más contemporáneos sobre lo académico y lo
folclórico español. Ellas salvaron la poética de una coreografía
que declina dramáticamente en el inicio de este cuadro debido a la
simulación fría de la exposición y se lacera en ritmo con las
entradas y salidas a escena del personaje del pintor, mejor
representado en los arrestos del baile de Eduardo Veitía, cerrando
este segundo tiempo.
Así llega Danzando
sueños al trazado de su tercer y último cuadro, armado en el
retorno de Lam a Cuba y La jungla, como monumento del
redescubrir de lo caribeño.
La fusión se hizo
evidentemente necesaria. Por eso Veitía incorporó a su cuerpo de
baile alumnos de danza de la Escuela Nacional de Arte y compuso
sobre el escenario elementos africanos y españoles. Con ellos se
explicitaron las raíces del peculiar surrealismo que pondera la
pintura del maestro.
Armónico cuadro La
jungla, con altos momentos ilustrados por las condiciones
físicas y técnicas de Osnel Delgado y la expresividad de Irene
Rodríguez. De este mestizaje danzario —experimentado
anteriormente por el Ballet Español de Cuba en su versión de
Súlkary junto a Danza Teatro del Caribe—, debió servirse con
mayor abundancia la coreografía.
El Danzando sueños
resaltó por el diseño de vestuario y una composición de luces que
elevó las imágenes creadas. Lástima de los que asistieron al
apresurado estreno que la compañía no debió realizar un mes
antes, cuando no contaba con todos los materiales de la puesta en
escena.
Quienes volvieron a la
sala Lorca del Gran Teatro de La Habana el pasado fin de semana
encontraron un homenaje mucho más digno de Lam y una obra que
acerca nuevamente al Ballet Español de Cuba a los caminos
artísticos que le permitieron instituirse como principal compañía
nacional de su género. |