Aferrado al campo y a la ciencia

Julián Álvarez, el joven vaquero que llevó a las sabanas de Mantua lo que aprendió en el aula mayor: la Revolución

FÉLIX LÓPEZ

Mantua adentro, allá donde se esconden los últimos rayos de sol sobre Cuba, un peculiar vaquero acostumbra a unir los días y las noches... A caballo, en yipi o caminando por los potreros de la finca Clavellinas —otrora propiedad de un senador millonario, el explotador Elisio de Argüelles— un carismático negro, en botas y sombrero tejano, se ha convertido en símbolo de justicia y dignidad humana.

Julián Álvarez, uno de los grandes orgullos mantuanos, es el único Máster en Ciencias Agropecuarias que dirige pegado a la tierra pinareña. Y lo hace en una región ganadera donde los negros y los hijos de campesinos pobres vivieron como esclavos hasta enero de 1959. Pero Julián tuvo la suerte de nacer después, y la Revolución, con su torbellino emancipador, le permitió estudiar, hacerse científico y dirigir una importante empresa.

En la Pecuaria de Mantua, con 1 200 caballerías, el 90% de ellas dedicadas a la cría de 15 000 cabezas de ganado y una producción de leche de 800 000 litros anuales, Julián y sus vaqueros andan batidos contra los molinos de viento de su época: el período especial, las trampas de la naturaleza y el pesimismo de algunos hombres, para quienes la eficiencia solo era posible con los barcos de fertilizantes y de petróleo que llegaban de los países socialistas.

Julián, a todas luces un dirigente de nuevo tipo, no se deja convencer por ningún pesimista. La regla es que esté lejos de las oficinas, a veces con un guante inseminando vacas, o haciendo un diagnóstico esperanzador de un animal que otros daban por perdido. Sin ejemplo personal, dice, nadie puede ganarse el respeto de los subordinados, aunque tengas 10 títulos colgados en la sala de tu casa y seas el ser más sabio de este mundo.

En la UBPC Clavellinas, donde se siente como en su casa, lo encontramos celebrando con los trabajadores los logros de un año difícil. Y entre bromas y décimas, les habló del futuro y de los niveles de eficiencia que se deben alcanzar pronto, con el abrazo de la ciencia y el esfuerzo del colectivo. En eso último, nos aseguró Reineiro, el delegado del CITMA en el municipio, a Julián no hay quien le gane.

Como ese es su fuerte, "el vaquero" no demoró en explicar las características de una tecnología que están aplicando para mejorar los suelos, o sobre la utilización de biofármacos para producir el celo en las vacas. Cuando hay baja natalidad, asegura, siempre culpamos a las hembras, pero cuando tenemos buenos toros reproductores en un hato, la cosa cambia. Lo importante, afirma, no es saber, sino transmitirles a todos ese conocimiento.

Todavía se recuerda por Clavellinas el día en que el negro Julián, para sorpresa de todos los monteros y trabajadores de la empresa, decidió discutir su tesis de maestría en las mismas tierras donde todos los días hace un poco más por la economía de su país y por su gente. Aquellos ilustres profesores del tribunal, además de calificar su trabajo de diploma (Procedimientos biotecnológicos para reducir el período de anabulación pos parto), le otorgaron máxima puntuación por ser un cubano fuera de serie.

Unos años atrás, por los campos de Mantua solo se hablaba de pérdidas en la economía y de carencias de todo tipo. Julián trajo y contagió su filosofía de vida: para cada dificultad una solución propia. Ahora, un humilde guajiro habla con soltura de cualquiera de los 9 proyectos de investigación que se aplican en la empresa, y sobre cómo los paneles solares trajeron la luz y la televisión a la casa del vaquero...

Julián mira a lo lejos y confiesa que nunca podría vivir alejado de esa extensa sabana y de los bosques que la rodean. Ni dos ciclones, dice, pudieron evitar que este año termináramos con ganancias. Junto a la ganadería ha crecido la producción de arroz y de viandas para el pueblo, y de nuestras 170 hectáreas de bosques hemos entregado más de 3 000 horcones a la Empresa de Tabaco para la recuperación de las casas de tapado.

Cualquier tarde es corta si se quiere conocer a este hombre. Pasa de un tema a otro con la facilidad de un profesor. Y no quiere olvidar dos detalles que hacen virtuosos a sus hombres: el 95% de los columnistas que cada año rememoran la entrada de Maceo en Mantua son hombres de su empresa; los mismos que cargaron al machete contra el marabú y desterraron de sus tierras, hace ya muchos meses, el hurto y sacrificio de ganado vacuno.

Ya al final, como quien recuerda el detalle más importante, el negro Julián, también Máster en Humildad, le pide al periodista: "Por favor, y no hables de mí, que aquí todo se logra en colectivo".

 

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