El vacío que nos dejan

Vitalidad de Julio Girona

Pedro de la Hoz

Foto: ORLANDO CARDONACuando José Luis Rodríguez, el Chino, uno de los más contumaces promotores de las artes plásticas en las últimas décadas, llevó a Santa Clara aquellos apuntes de soldados y muchachas asaeteados por la pólvora, memoria del paso del artista por los campos de guerra de la segunda conflagración mundial, Julio Girona era ya uno de los pintores más reconocidos dentro del movimiento abstracto expresionista en Estados Unidos, donde había vivido desde los cuarenta. Muchos de los jóvenes pintores se asombraron del oficio y la frescura del maestro, y mucho más, al conocer algo más extensamente su obra y comprender que había en ella una anticipación sorprendente de los aires de audacia y transgresión que caracterizó la explosión de la plástica insular de la época. Esto ya lo venían comprendiendo al ver en 1986 una limitada pero sorprendente retrospectiva en Bellas Artes y dos años después Rumor del tiempo, en la Galería Habana.

Julio, que nunca dejó de pensar en Cuba ni de sentir a lo cubano, que seguía siendo aquel inquieto protagonista social que acompañó a Sicre en la confección de la mascarilla mortuoria de Martínez Villena, vivió los últimos años prácticamente entre nosotros y halló, como era de esperarse dada su enorme estatura artística, un pleno reconocimiento que se tradujo en el otorgamiento del Premio Nacional de Artes Plásticas en 1998. Ese Julito vital, con ánimo para escribir y publicar cuentos y poemas de sumo ingenio y honda sensibilidad, radical en sus posiciones patrióticas y en sus ímpetus revolucionarios, es el que permanecerá como semilla y flor. Su fallecimiento ayer, en esta capital, a los 88 años, no podrá privarnos de una vitalidad artística que fuimos redescubriendo en exposiciones desde 1978, cuando mostró Visiones en la Casa de Cultura de Plaza, hasta las deslumbrantes piezas agrupadas bajo el título Un pájaro se paró en mi ventana, apenas el año pasado en la sede del Instituto Cubano del Libro.

Rosario Novoa, maestra de maestros

Foto: FELICIA HONDALLa destacada maestra de maestros Rosario Novoa Luis, falleció el martes en esta capital, a la edad de 97 años.

Fundadora del Departamento de Historia del Arte de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, era graduada de Pedagogía y Filosofía en 1928 y dedicó más de 65 años a la enseñanza.

La doctora Novoa promovió la introducción de los estudios de arte cubano, latinoamericano y oriental en el nivel universitario. Desde sus inicios en la vida profesional se preocupó por la promoción cultural mediante charlas y conferencias, labor que desempeñó a plenitud y en la cual formó a sus discípulos a partir del triunfo de la Revolución.

Gran parte de su quehacer lo consagró a la investigación docente, con la publicación de trabajos sobre arte precolombino y colonial, así como también realizó desde 1937 estudios bibliográficos en función de la docencia.

Fue merecedora de numerosas condecoraciones, entre otras, Heroína Nacional del Trabajo de la República de Cuba, Profesora de Mérito, Premio Nacional de la Enseñanza Artística y en 1994 recibió el título de Maestra de Maestros, distinción especialmente creada por la casa de altos estudios para rendirle homenaje.

A la doctora Novoa no le gustaban los elogios porque era tremendamente modesta, "una persona corriente que ama la vida muchísimo", como ella misma se calificó. Arribó a sus 97 años "feliz de dar clases, de pertenecer a este pueblo irrepetible, que con Fidel al frente ha sabido dignificar al ser humano". (AIN)

Roberto Blanco, pensar en público

Amado del Pino

Me contó en una larga entrevista para Revolución y Cultura que al teatro de arte, que contra vientos y mareas diversas, subía a las tablas en la década de los cincuenta, asistía poco público. Evocando una función de la lorquiana Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, Roberto Blanco recordaba —con su formidable mezcla de honda cultura y sentido del humor— que aquellos preciosos versos: "Ábreme la puerta, amor/ que vengo muy mal herido/ herido de amor huido/ herido muerto de amor", se los dijo "a nadie". Ahora este teatrista imprescindible, Premio Nacional de Teatro 2000, acaba de morir y es la escena cubana y su público los que andan mal heridos por su pérdida.

Blanco (La Habana, 1936) da pruebas de su talento desde los años de Teatro Universitario y el triunfo de la Revolución lo sorprende listo para empeños mayores. Ya en 1963 brilla como actor en Fuenteovejuna, bajo la dirección de Vicente Revuelta, otro de los grandes. En el 65, dentro de la legendaria compañía Teatro Estudio, vuelve a Lorca con una puesta de Doña Rosita la soltera o el Lenguaje de las flores, en la que pulsa todas las posibilidades del discurso realista y el lenguaje de los objetos en el escenario. Después incursionaría en claves diversas, buscando como centro al actor y con una singular sabiduría para lograr la espectacularidad. Su escena de las lavanderas en Yerma ha quedado como una imagen de antología.

Roberto fue además un creador de grupos, un líder del escenario. En los sesenta, a cargo de Teatro de Ensayo Ocuje, y años más tarde con Irrumpe busca un equilibrio entre lo más experimental y una honda raíz popular. Cuando, a mediados de la década regresa de un intenso período de entrenamiento en el Berliner Ensamble, muchos pensaron que escogería un título de Brecht para seguirlo de cerca. Blanco asume María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, un texto que pone en el centro al negro y al blanco pobre, con sus resonancias vitales y religiosas más entrañables. En esa puesta el brillante director mezclaba el legado brechtiano y la decisiva experiencia de su viaje a África. Roberto enseñaba pocas veces una vieja foto en la que aparece junto al Che, al que sirvió de traductor. Este oficio volvería a ejercerlo en los setenta. El apego a Martí se le convirtió en obsesión al llevar a las tablas, una y otra vez, las páginas del Diario de Campaña.

Hace poco más de un año presidió el Festival de Teatro de La Habana. Los que asistimos a la jornada de clausura no olvidaremos el hermoso texto que leyó, como el gran intérprete que fue y perenne cómplice de la inteligencia. Recordé entonces y ahora aquella conversación —uno de esos regalos que me ha hecho el periodismo— en la que Roberto comentaba: "Al teatro van los sensibles, los que les gusta pensar en público".

 

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