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La Sinfónica se
despide con Eric Grossman
Pedro
de la Hoz
El
cierre de la temporada anual de la Orquesta Sinfónica Nacional,
mañana a las 11:00 a.m. en el teatro Amadeo Roldán, tendrá como
invitado al violinista norteamericano Eric Grossman, quien para la
ocasión, y junto al director cubano Jorge López Marín,
desplegará en un mismo programa una espléndida batería de obras
para ese instrumento debidas al ruso Piotr I. Chaikovski y los
franceses Camille Saint-Saens, Ernest Chausson y Maurice Ravel.
De Chaikovski llegará
el famoso Concierto en Re Mayor, recurrente en los
repertorios orquestales de la mayoría de los violinistas de nivel
internacional, y de hecho popular entre los más diversos auditorios
en virtud de la conjugación de la exaltación melódico-romántica
y las posibilidades de lucimiento para el solista.
Aunque
este cronista prefiere al Camille Saint-Saens (1835-1921) del Carnaval
de los animales para conjunto de cámara, y sus obras para piano
y órgano, no deja de reconocer el atractivo de su Introducción
y rondó para violín y orquesta, compuesto en 1863.
Indudablemente, Saint-Saens sentía especial predilección por
extraer el máximo refinamiento a las posibilidades expresivas de
los instrumentos de cuerdas en papel solista, como se evidencia en
sus tres conciertos para violín y, más aún, los que escribió
para cello.
También es recurrente
entre los violinistas la ejecución, al menos alguna vez en su vida,
del Poema, de Ernest Chausson (1855-1899), discípulo del
belga César Franck, seguido en un inicio de su estética. El Poema
es su obra más conocida y ante sus encantos se rinden fácilmente
los auditorios más exigentes.
Quizá la pieza más
retadora del programa sea Tzigane, de Maurice Ravel.
Compuesta en 1924 por uno de los más rigurosos e imaginativos
músicos franceses de comienzos del siglo XX, la obra pudiera dar la
impresión de ser puro manjar para virtuosos por el extraordinario
despliegue de pizzicatos, dobles cuerdas y acordes complicados que
se enmarcan en una dinámica creciente. Pero detrás de ese alarde
todo intérprete debe llevar al oyente la idea de una construcción
musical que tocaba a las puertas de la innovación y que en muchos
pasajes nos recuerda el más avanzado Bela Bartok.
El público cubano
confía en esta sustanciosa entrega del joven violinista Eric
Grossman, precisamente por haberlo disfrutado hace apenas unos
meses, durante la pasada primavera, con nuestro organismo
sinfónico.
Se trata de una figura
que tras su graduación sobresaliente en la escuela Juilliard,
época en la que hizo conciertos bajo la dirección del célebre
Zubin Mehta, ha desarrollado una actividad incesante que ha merecido
elogios de la crítica norteamericana, tanto por sus incursiones en
la música de cámara —ha dado que hablar el dúo que forma con su
hermana pianista, y su participación en la Cincinatti Chamber
Orchestra y los Vivaldi Travelling Virtuosi—, como en su carrera
como solista. |