Eros y contención

VIRGINIA ALBERDI BENÍTEZ

Tres telas y cuatro cartulinas al óleo muestran, en la galería Pequeño Espacio del Consejo Nacional de Artes Plásticas, la poética de Rubén Rodríguez Martínez (Cárdenas, 1959), un pintor que en los últimos años, en medio de la multiplicidad de exponentes que configuran el abigarrado y explosivo panorama pictórico nacional, ha ido logrando un sello distintivo.

Siluetas se titula esta exposición que nos acerca de una lectura muy personal del eros, a mitad de camino entre la exteriorización temática y la sugerencia imaginaria.

Las figuras acéfalas se adueñan del espacio, con intensidad y fuerza, brazos, piernas, sexo, en una plácida presencia de fuertes trazos que marcan esas siluetas sobre un fondo de color que se integra a los cuerpos.

Esta solución plástica llama la atención por su carácter contenido y que apunta a las esencias de la experiencia erótica, como una especie de declaración de fe en la química del diálogo corporal entre seres humanos. Rubén reivindica visualmente la metáfora amatoria, al marginar tanto los excesos lírico-dulzones que contaminan muchas veces las visiones románticas del eros, como el otro extremo brutal o escatológico que por snobismo o deseos de epatar de vez en cuando se ha hecho entre nosotros onda.

Rodríguez, con esta muestra, ha sido consecuente con un credo estético que ha permanecido indemne a las mutaciones, aunque no a la continua y necesaria recodificación de sus herramientas expresivas. Un año atrás, con motivo de la exposición Pinturas y dibujos, exhibida en La Acacia, la crítica Wendy Navarro nos hacía notar cómo "la dimensión de ritual preside el acercamiento al entorno, al erotismo o las posibilidades hedonísticas, donde lo doméstico, como la creación, resulta parte significativa de sí mismo". Por esa misma época, Rafael Acosta refrendaba que "lo erótico en este artista es algo auténtico, no es importación ni búsqueda a ultranza de un aditamento ornamental".

Egresado de la Escuela Nacional de Arte en Pintura, Grabado y Dibujo en 1980, fundador del Taller de Serigrafía en 1984, con el ojo y la mano entrenados en un ejercicio riguroso de la contemplación y el dominio de las formas, Rubén Rodríguez transita por un estado de gracia, que comunica a quienes gozan de su creación.

 

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