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En su centenario
Rafael Alberti,
siempre en Cuba
LUIS SUARDÍAZ
Nosotros
estamos contigo/ nosotros te ofrecemos nuestro hombro,/ nuestros
puños cerrados,/ toda nuestra energía,/ la fuerza que hoy estalla
bramando en nuestra sangre/ y el sentirse y saberse hermana de la
tuya,/ revolución cubana.
Estos versos de Rafael
Alberti fueron escritos en 1933, en la etapa de la lucha frontal
contra el despótico Gerardo Machado, pero valen también para el
proceso revolucionario insular de nuestro tiempo. Porque el poeta
siguió paso a paso cada episodio de nuestra lucha social. Por eso
en el mano a mano con su entrañable Nicolás Guillén, en la
primavera de 1960, al juntar las imágenes de su primera visita de
1935 con las de ese momento que vibra en sus décimas por la
revolución triunfante, dice: Dejé llorando La Habana/ entre
fusiles un día,/ en que por su azul moría/ la sola estrella
cubana./ Después volví una mañana/ y vi que ya Cuba era/ la más
verde primavera/ de los mares antillanos,/ y alta en los cielos
cubanos,/ la estrella de su bandera.
Nacido el 16 de
diciembre de 1902 en el puerto gaditano de Santa María supo
trabajar con pasión y singular talento la rica cantera popular de
Andalucía, desde Góngora a los copleros anónimos, y si bien pudo
ser un distante señorito, prefirió como sus amigos García Lorca y
Altolaguirre ser voz del pueblo, sin adelgazar su canto ni escudarse
en sombras herméticas. Temprano forjador de imágenes, trabajó en
múltiples formas métricas, no por el simple placer de asombrar
sino porque, como bien dijo José Martí, hay autores para los que
cada asunto, cada estado de ánimo, exige una forma métrica
determinada. Así, nos regaló sonetos como el nombrado "Amaranta",
con ecos de Góngora, que incluyó en su poemario Cal y canto,
canciones de la estirpe de "Se equivocó la paloma", que el
talentoso músico Carlos Guastavino llevó al pentagrama, y cantores
de la talla de Sergio Endrigo, entre otros, esparcieron con suprema
melancolía por la tierra herida de los enamorados, es decir por
todo el planeta.
Cuando la tragedia
social lo conmueve el canto le sale áspero, directo, sobrio, pues
así conviene al asunto, pienso por ejemplo en "Los niños de
extremadura", incluido en un título que define su posición
política: El poeta en la calle. Allí también esplende el
soneto a las gloriosas Brigadas Internacionales que pelearon en
España por la República: Venís desde muy lejos... Mas esta
lejanía, ¿qué es para vuestra sangre que canta sin fronteras?
En ese libro también
aparece Cuba, evocada desde el mirador de su infancia gaditana,
pocos años después de finalizada nuestra guerra de independencia: Cuando
mi madre llevaba un sorbete de fresa por sombrero/ y el humo de los
barcos aún era humo de habanero/ ...Cádiz se adormecía entre
fandangos y habaneras.
Lo mismo que García
Lorca, Juan Ramón Jiménez, Altolaguirre y otros andaluces del
ámbito artístico y literario, Rafael se sentía en Cuba como en
casa propia. Pude conocerlo en la primavera de 1960 cuando, a la
salida del Palacio de Bellas Artes, me lo presentó Nicolás
Guillén. Volví a dialogar con él, Miguel Ángel Asturias y otros
notables de Iberoamérica en 1965 en París, donde se conmemoraba el
vigésimo aniversario del triunfo sobre el fascismo, y de nuevo
acompañado de Nicolás, en el Moscú de 1968, siempre atento a las
noticias que llegaban de la Cuba bloqueada y calumniada, pero
imbatible.
Su voz rotunda llenó
los espacios de un teatro caraqueño en el otoño de 1984 entonces,
en compañía de Nuria Espert, nos regaló no solo sus poemas sino
un fértil ramillete de sus colegas de esta América Latina que
conocía muy bien. Diez años antes lo había recordado casi en
vísperas de la muerte de Franco, cuando en la capital española
reinaba la tensión, pues no se sabía qué vendría después de la
desaparición del temible caudillo, pero ya el conjunto Los lobos,
de gran figuración en esos días, le ponía música a sus poemas,
así como a los de Miguel Hernández y Nicolás Guillén y esas
canciones eran como el prólogo de una nueva etapa de la península.
En Madrid lo vi al fin
en su ambiente, poco después de recibir el Premio Cervantes,
enérgico, emprendedor, irónico. Y no faltó a la cita con la
cultura cubana en 1986 en la propia Capital de la Gloria que él
había defendido con pasión y convicción en los años de la Guerra
Civil y ahora recuperaba con avidez, después de cuatro décadas de
ausencia.
El primer tomo de sus
memorias con el título de La arboleda perdida, se publicó
por Arte y Literatura en 1975. El mismo sello editorial auspició
una selección de su obra poética al siguiente año y la
imprescindible Poesía escogida de 1990, preparada y cuidada
por su hija Aitana (una argentina de indudable raíz española que
es ya también cubana por su larga y fértil mansión habanera y por
su faena constante en nuestros medios culturales), cuya segunda
edición, según nos anuncia también Aitana, será presentada en el
próximo mes de enero, porque la primera se agotó hace mucho.
Como lo consignamos
entonces, Rafael asistió a la presentación de ese libro en abril
de 1991, en su penúltima visita a nuestro país y recibió
múltiples homenajes, el más significativo de los cuales resultó
ser el otorgamiento de la Orden José Martí de manos de Fidel. Esa
noche en su discurso de elogio Carlos Rafael Rodríguez recordó que
el propio homenajeado le contó alguna vez que cuando decidió
marcharse a Madrid un campesino de su lar natal le expresó: Adiós,
señorito Rafael, y que Dios le ayude en eso del comunismo. En un
aparte Alberti volvió sobre el tema y me dijo: el socialismo no
desaparecerá como unos cuantos piensan ahora. Se buscarán nuevos
caminos, se producirán cambios, modificaciones, pero no
desaparecerá.
Con esa firmeza
ideológica accedió gustoso a que Aitana y Alex Pausides preparasen
para el 14 Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes
celebrado en La Habana en 1997, una selección de su poesía con el
título de Relámpagos de Flores que dedicó a los jóvenes
del mundo. Fue ese el último título cubano nutrido con su obra que
pudo apreciar, porque no alcanzó a disfrutar la bellísima edición
publicada por Arte y Literatura en el 2000, trabajada por Aitana y
espléndidamente ilustrada por Fabelo, con el título El amor y
los ángeles, como tampoco pudo ver impreso el estupendo libro
sobre su amorosa relación con Cuba, debido a la paciencia y la
sapiencia de su amigo de más de seis décadas Ángel Augier y que
conoce una edición cubana y otra gaditana. Por todo eso y por mucho
más, este centenario no se quedará en el marco de las
celebraciones académicas sino en la memoria viva de sus amigos y de
sus numerosos lectores que le agradecemos sus rotundos versos
solidarios concebidos en las lejanas vísperas, mas ardiendo aún en
el fuego de las batallas actuales: Cuba tiene su tierra./ ¡Que
sea suya!/ Cuba tiene su mar./ ¡Qué sea suyo! ... y su
Revolución./ ¡Que sea suya! |