¡Qué película, Ciudad de Dios!

ROLANDO PÉREZ BETANCOURT

Dos días después de haber visto Cidade de Deus, de Fernando Mireilles y Katia Luna, no dejo de pensar en la película.

Dicen que proviene de la realidad la escena en que un muchacho de nueve años, aprendiz de matón, se ve precisado por su jefe a asesinar para ser aceptado en la banda. Dos posibles víctimas hay delante de él: un niño de cinco años y otro de siete, ambos ladronzuelos. El primero llora delante del revólver con un terror más verídico que histriónico. Pero es el segundo el que recibe el disparo.

El filme está basado en un libro de Paulo Lins, considerado "lo máximo" de la más reciente literatura brasileña. Él tiene como temática en toda su obra ese submundo marginal regido por la droga y el asesinato fácil, y que desde hace años ha cobrado categoría de un país diferente dentro del mismo país.

Fernando Mireilles, director del filme.

Informes de serias entidades aseguran que solo en Río de Janeiro hay más de 20 mil muchachos en las bandas ligadas al robo y al narcotráfico y para quienes poseer un arma y disparar es el mayor de los consuelos en una vida condenada a la temprana muerte.

Cidade de Deus, el lugar, fue creado en los años cincuenta con habitantes de favelas próximas a la zona residencial de Río de Janeiro. Pero los realizadores no pudieron ni acercarse por allí para hacer la película. La locación fue entonces Cidade Alta, otra villa miseria, cuyo capo, convencido para dejar entrar las cámaras, fue detenido por la policía cuando salía de la fiesta de preestreno del filme.

Varias historias conectadas en un guión que comienza a contar desde atrás y donde los recursos del video clip se emplean como eje narrativo, hacen de Cidade de Deus una película sorprendente, balanceada en su dramatismo, sin fisuras y con un ritmo e interés sostenidos a lo largo de más de dos horas de metraje. La historia en general fue real y se ubica a partir de los años ochenta hasta nuestros días, luego de que los delincuentes descubrieron que la droga "daba más" que el robo. Desde entonces las guerras de pandillas se sucedieron con mayor vitalidad y gran cantidad de muertos, gracias a las modernas armas, asunto este que de ninguna manera es exagerado en el filme.

Cidade de Deus.

Pero Cidade de Deus también puede verse como una realidad consustancial a las periferias de las grandes ciudades latinoamericanas, donde la pobreza y los grandes desniveles de vida hacen que decenas de miles de familias, además de vérselas con su exclusión social, tengan que enfrentar los desmanes de unas bandas armadas hasta los dientes y encargadas de implantar las leyes de convivencia en esas ciudadelas. En no pocas ocasiones (para no decir todas), como se ve en el filme, con la complicidad de la policía.

¡Pero qué actuaciones las de la película!, dirá el espectador. Pues bien, todos esos jóvenes son residentes de la favela Cidade Alta y algunos, como el intérprete del sanguinario Ze Pequeño y su amigo Bené, pertenecen a un grupo de teatro aficionado.

Es posible que varios de esos jóvenes, tras sus fantásticos desempeños y los contratos ya recibidos por el cine y la televisión, se salven.

Otros continuarán con un destino tan incierto y trágico como los protagonistas de los personajes a quienes dieron vida.

 

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