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Isla de la Juventud De las ruinas se levanta un pueblo nuevo DIEGO RODRÍGUEZ MOLINA NUEVA GERONA.— Wilmer Matos Polier no pierde tiempo. Apenas pasó Lili, empezó a recuperar las tejas, clavos y otros medios que pudieran aprovecharse entre las ruinas del techo de su casa en la comunidad de Los Mangos, en las inmediaciones de Santa Fe, Isla de la Juventud.
"Como tengo la tranquilidad de tener a mi familia protegida y con todo garantizado, puedo dedicarme a la reparación del techo", subraya y sigue en su tarea acompañado por Wilber Yero Pérez, quien tampoco se cruzó de brazos. En la vivienda de Juana Milagros Rodríguez, cerca de donde los vientos del huracán Lili se ensañaron con la cubierta, está Elio Díaz Torres, un jubilado quien pese a no sufrir daños en su inmueble, se empeña en el arreglo de las partes averiadas de la casa vecina, "con más consagración que si fuera para mí mismo", reconoce, y agrega que "eso entre cubanos no es nada del otro mundo, es un deber con mis compatriotas". Mientras, Juana, tratando de hacer lo que sus años le permiten, habla con optimismo, como si no le hubiera pasado nada, y manifiesta: "Usted ve como faltan tejas, pero esto se va a resolver, esta Revolución es tan grande que logra cosas mayores que los recursos materiales de que dispone, pues hemos salido victoriosos de situaciones más difíciles", afirma. "Ya sequé los colchones, la ropa, y aquí seguimos adelante...", expresa y se va a tomar alegre el café que le brinda una vecina. Son las escenas que se repiten por doquier, ilustrativas de la voluntad de un pueblo confiado en sus propias fuerzas y valores, como la solidaridad, pilar imprescindible para restaurar en breve plazo las más de 7 000 viviendas averiadas, de las cuales 4 000 sufrieron perjuicios de diferente magnitud en sus techos. RESCATAR LO QUE SE PUEDA En la casa de Aida Fuentes Rivero, uno de los derrumbes totales en el reparto Sierra Caballos, tampoco esperaron por ningún constructor, y su hijo Eduardo, en compañía de Heriberto y el vecino Jesús, continuaban rescatando tejas, madera, cables, clavos y cuanto pudiera volverse a emplear. Y en efecto, según Juan
Carlos Domínguez Bell, director de la Vivienda aquí, cada metro cuadrado
de teja de asbesto cemento representa dos dólares; cada juego de baño,
40; Pero más allá de la cuantía está el valor de la responsabilidad colectiva para hacer frente a eventualidades como esta, que robustecen las unidad, disciplina, hermandad y confianza de todo un pueblo. SIN DEJARSE VENCER Apenas horas después de que a Cira Rodríguez Solas se le desplomara la casa donde vive con su mamá y su otra hermana, ya estaban allí los compañeros de su centro de trabajo, de la Empresa Eléctrica, quienes en lucha contra el tiempo por solucionar rápido las averiadas redes de distribución, también organizan jornadas de trabajo voluntario para hacer cuanto antes la caseta de facilidades temporales y agilizar el inicio de la nueva construcción.
"Estoy muy satisfecha y orgullosa con el apoyo de mi colectivo", confiesa ella. Y hasta de la Constructora Integral número 4, de la que se jubiló su mamá, dieron de inmediato su aporte de tejas, puntillas, cemento y otras cosas, aunque aclara que ellos hacen lo posible por aprovechar muchos de los recursos que conformaran su deshecha vivienda en Calle 3, y donde hoy, en medio de las ruinas, se levanta su disposición de no dejarse vencer por la adversidad. Mientras los linieros prosiguen restableciendo la electricidad junto a los reparadores de Las Tunas y Guantánamo, otros trabajadores de la entidad aquí se suman en otro frente a la ayuda a los damnificados. Daniel Hernández Blanco es lector cobrador, pero este sábado que lo encuentro en casa de Cira, su compañera de labor, lo vi hecho un constructor no solo de edificaciones, sino, sobre todo, del mundo nuevo de profundo sentido humano que adelanta Cuba, en medio de las difíciles condiciones de estos recientes golpes de la naturaleza y de las múltiples carencias del bloqueo yanki. (Más información) |
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