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 Rochy y Diego, mucho más que dos Pedro de la Hoz Rato hace que Rochy Ameneiro cuenta con plenas condiciones para dejar de ser un accidente en el panorama contemporáneo de la canción cubana y convertirse en uno de sus valores permanentes. Calado expresivo, fuerza interpretativa, flexibilidad en la línea de canto, personalidad escénica sin estridencias, rigor en la selección del repertorio son algunas de sus cualidades. Para el salto, le faltan dos pasos: una huella discográfica convincente y una presencia pública más activa. A esta última contribuyó, sin dudas, su concierto de fin de semana en la sala García Caturla, del Amadeo Roldán, en el que contó con la complicidad de la
Asociación Hermanos Saíz, el Centro Nacional de Música de Concierto, el Centro Nacional de Cultura Comunitaria y la Televisión Cubana, que se animó a grabar la sesión.
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ALBERTO BORREGO |
Rochy, Diego y Trovarroco en escena. Rochy sirvió de pivote para la presentación del joven trovador Diego Gutiérrez, un villaclareño que está a punto de conseguir una voz singular entre las tantas con talento en ciernes que van caracterizando a la juglaresca cubana en los inicios de este siglo. Parte de su repertorio, doblado con Rochy, irrumpió en el público como una bocanada de aire fresco. De manera particular, un tema de Diego,
Vidas prestadas, anuncia un camino de la renovación que tanta falta le hace al bolero para sintonizar con las nuevas aventuras de este tiempo. Pero aún debe huir de lugares comunes en la incorporación de giros armónicos y melódicos del rock, demasiado cercanos a la estética de un Carlos Varela o de un Fito Páez.
Al vuelo del concierto prestaron sus alas el Trío Trovarroco, también de Santa Clara, formato de guitarra (Rachid López), tres (Maikel Elizalde) y contrabajo (César Vacaró) sumamente original en sus versiones acústicas, que tendrá comentario aparte con motivo de la presentación de su segundo disco, próximamente, por vía del sello Bis Music. De igual modo pesó el aporte de Gerardo Alfonso, quien confesó contar en Rochy a una de sus más fieles intérpretes; Augusto Blanca, quien desempolvó su imprescindible
Regalo, canción mítica de nuestra trova, y el poeta Waldo Leyva, cuyos versos se ajustan a este tipo de espectáculo hecho a la medida de los espíritus despiertos.
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