A 130 años del primer gran libro de Martí

Su extraordinario alegato de juventud

DIEGO RODRIGUEZ MOLINA

"Dolor infinito debía ser el único nombre de estas páginas" , así comienza el desgarrador testimonio publicado por Martí hace exactamente este agosto 130 años y que devendría su primer gran libro.

"Dolor infinito, —prosigue— porque el dolor del presidio es el más rudo, el más devastador de los dolores, el que mata la inteligencia, y seca el alma, y deja en ella huellas que no se borrarán jamás...

"Dante no estuvo en presidio.

"Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su Infierno. Las hubiera copiado, y lo hubiera pintado mejor".

Fue una obra de juventud. Apenas tenía 18 años cuando sale a la luz. Investigadores y estudiosos la valoran, además, como el texto que lo da a conocer públicamente, aunque con el paso del tiempo sigue asombrando a todos por su madurez y hondura.

Fue impreso en Madrid, en el taller de Ramón Ramírez, situado en San Marcos número 32. Y aunque según Manuel I. Méndez "se publicó a poco del mes de marzo" de 1871, lo más probable es que la edición fuera posterior, hacia el verano del mismo año, posiblemente agosto, pues el autor expresa en el referido escrito que había visto por última vez a Castillo en la prisión, hacía siete meses, lo que solo pudo ocurrir a fines de diciembre de 1870 o primeros días de enero de 1871, apenas salió del confinamiento provisional en la entonces Isla de Pinos, donde permanecía desde octubre, al conmutársele la pena inicial de presidio y trabajos forzados en las canteras de San Lázaro.

"Don Nicolás (Castillo) vive todavía. Vive en Presidio. Vivía al menos siete meses hace, cuando fui a ver, sabe el azar hasta cuando, aquella que fue morada mía", expresa entre otras referencias temporales que confirman la publicación precisamente en el verano de un año de gran crisis política en la metrópoli española, adonde había sido deportado ese enero, coincidiendo, además, con los aires revolucionarios que soplaban en toda Europa, desde la Comuna de París, cuyos sucesos conmueven al muchacho, hasta la agitación democrática republicana que sacude los cimientos de la monarquía española.

Además de estudiar y familiarizarse con el arte y la cultura allí, se relaciona con sus compatriotas en Madrid, comparte con obreros, visita sesiones del Congreso, participa en tertulias y polemiza con periódicos.

Atrás quedaba el tiempo en presidio, el sufrimiento en carne propia con la opresión colonial que sufría su país, pero en su memoria permanecían vivos cada uno de esos tristes recuerdos, en los que tanto había meditado, y que antes de plasmarlos en el manuscrito primero y la tinta de imprenta después, ya había sedimentado en su mente como creación humana, política y literaria, casi seguro durante su reconfortante estancia en territorio pinero.

Roberto Fernández Retamar me comentaba que "... Isla de Pinos fue el lugar donde Martí recobró su salud harto quebrantada por el presidio, donde seguramente meditó largamente sobre esa tremenda experiencia (de la cárcel) que tan importante iba a ser para él, y donde de seguro bocetó el que sería su primer gran texto: El presidio político...". De esa relación diría Raúl Roa: "Aquel joven de mente soberana, sensibilidad sismográfica y firmeza diamantina se consagró (en El Abra) a la meditación, a la lectura y al cuidado escolar de los niños de la casa. Víctor Hugo lo arrebató; el Quijote le reveló los secretos deslumbrantes del idioma y lo armó caballero invencible de los más nobles ideales, aprendió en la Biblia el uso del apóstrofe restallante y de la sentencia concentrada. Y durante el silencio y la soledad de la noche, compuso uno de los documentos cardinales de nuestro pensamiento revolucionario: El presidio político en Cuba", que no puede escapar a esas influencias literarias.

Así, desde antes del verano de 1871, fue tomando cuerpo este volumen, uno de los pocos, si no el único, testimonio sobre las canteras de San Lázaro, la acusación más irrefutable contra el colonialismo español y, al mismo tiempo, la más firme defensa de la independencia cubana, cuya revolución, avanzando en los campos de su Patria, no ve desligada de la crisis que agrietaba al país ibérico, para apartarse así de la interpretación de los intelectuales hispánicos.

"Doce años tenía Lino Figueredo, y el Gobierno español —denuncia sin miedo— lo condenaba a diez años de presidio... lo cargaba de grillos...

"No hay término medio, —que avergüenza. No hay contemplación posible, —que mancha. El Gobierno olvidó su honra cuando sentenció a un niño de doce años a presidio...".

Y apunta en otra parte del amplio y desgarrador testimonio: "Castillo —el anciano de 76 años—, Lino Figueredo, Delgado, Juan de Dios Socarrás —con solo 11 años—, Ramón Rodríguez Alvarez —de 14—, el negrito Tomás y tantos otros, son lágrimas negras que se han filtrado en mi corazón". Narra con realismo que conmueve, verbo encendido convocando a luchar contra la injusticia; simbolismo y riqueza literaria que universalizan al mensaje y a su novel autor; estilo bíblico que rememora los profetas rebeldes de los inicios del cristianismo, y análisis profundo que desnuda la crónica enfermedad colonial, el despotismo, la tiranía española y el infierno de aquella sociedad.

Entre tantos otros pasajes, sobre una visita del padre revela: "¡Día amarguísimo aquel! ¡...me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar y ...estrechando febrilmente la pierna triturada, rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; sollozos desgarradores anudaban su voz y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo me arrancó...".

Antes de ver la luz el libro, había advertido en un artículo publicado en marzo en un periódico español y que luego formara parte de la mencionada obra: "Que estas palabras arranquen una lágrima de piedad a los buenos corazones; que levanten un grito de indignación en el alma de los hombres ..., que se remedien ... los males sin cuento de aquel país —Cuba— que es todo mi amor...".

Su extraordinario alegato de juventud es de esas obras que debemos leer y releer cuando niño, retomar en la juventud y luego cuando adultos, para descubrir en cada ocasión nuevas facetas de la genial precocidad de Martí y la hondura de su pensamiento, que a 130 años sigue denunciando la injusticia, y cada vez con más fuerza, alzando la solidaridad y la sensibilidad humanas, mucho más útiles en momentos en que nuevos explotadores condenan esos valores a las oscuras bóvedas que la globalización neoliberal ha extendido a todo el mundo y que Dante hubiera preferido copiar para dibujar un Infierno más moderno.

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