 Una mujer que ha
vivido en tres siglos
VENTURA DE JESUS LIMONAR, Matanzas.—Bendito
sea Dios, exclamó Valentina cuando el fotógrafo le preguntó cuántos años tenía.
No me gustá sacar cuentas de mi edad, pero no pienso irme de este
mundo por ahora, dijo con humor la anciana de mayor edad en Cuba.
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RAMON PACHECO |
Ya nadie pone en duda que Valentina Lover García morirá de vieja. La vida, por una especie de milagro, le ha deparado el privilegio de estar viva a la edad de 116 años, repartidos en tres siglos. Seguro debe estar entre las mujeres más longevas del planeta. Aunque ya a duras penas puede con su cuerpo, todavía su menudita figura se nota firme y algo recta.
Descendiente de esclavos africanos, esta anciana vive en una humilde casa en un lugar conocido como El Cafetal, a escasos tres kilómetros del poblado de Limonar. Su hija Lucía Delgado, de 70 años, está dedicada desde hace bastante tiempo al cuidado de la
viejita.
"Mamá, aquí hay unos compañeros que quieren verla..." "Pues, dígale que me duelen los pie", respondió Valentina antes de abandonar la cama con el auxilio de su nieto.
"Estoy regular, últimamente no estoy muy buena", dice sin lamentarse y a manera de bienvenida. Logra acomodarse en un taburete sin dejar de atender la armadura de unos espejuelos que nada pueden hacer por su vista, apagada hace unos diez años. Es perceptible el ritmo sosegado de su corazón. Exhala un suspiro de aliento y se muestra agradecida.
"La vida me lo ha dado todo. Qué más puedo pedír...trabajé mucho...tumbé caña, hice carbón
pa' cocinar, lavé ropa pa' fuera y cuidé mucho niños ajenos...Y ná, aquí estoy vivita y coleando".
Esta longeva mujer, al alcance de la curiosidad de todos los
limonareños, nació un 2 de noviembre de 1884 en la finca La Potrona, en las inmediaciones del antiguo central Limones. Al escarbar en sus recuerdos, recuerda que su abuela era africana y su padre un negro bien bajito. En sus ratos de lucidez, nos dice uno de sus nietos, Valentina suele hablar de cuando los mambises cruzaron por esas tierras y que los pocos pobladores del lugar salieron al camino a cantarles.
Para justificar su salud de piedra, comenta que nunca se enferma, pero que ya no engorda con nada. Dice que de joven comía mucha hierba: acelga, coles, rábano, tomate maduro, berenjena..."Quién sabe si por eso he llegao hasta aquí", deja saber mientras toca con sus suaves manos el collar de perlas que lleva al cuello, en señal de protección espiritual.
A ratos se duele de no valerse por sí sola y quisiera fuerzas prestadas para asumir los quehaceres de la casa.
"Ya no puedo ni cocinar ni bailar, como hacía ante. Me gustaba el danzón y aquellos bailes africanos".
Nos dice que la Caridad del Cobre es su santo preferido ("el que está en mi cabeza"), y que tiene el deseo de hablar con Fidel y darle un beso. Esa ilusión la lleva a menudo a decir que si algún día lo tuviera delante le contaría todo el trabajo que pasó en su larga vida,
"hasta que llegó la Revolución".
Valentina no le presta atención a los pronósticos. Sabe, eso sí, que morirá en paz y rodeada de su extensa
descendencia, que incluye a unos 20 nietos, 26 bisnietos y 13 tataranietos , muchos de los cuales la visitan a menudo para reconfortar su espíritu longevo y optimista.
De eso último hizo una demostración práctica cuando en la despedida, y en señal de gentileza, el fotógrafo le deseó que viviera muchos años más y que le haría las fotos en su cumpleaños 117.
Vaya con Dios, aquí lo estaré esperando.
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