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Un regalo de Augier en sus noventa

Oh, La Habana

ROLANDO PEREZ BETANCOURT

Sin ninguna relación aparente, libro y película coincidieron en el tiempo hace unos escasos días, poniendo en evidencia que sin grandes arrebatos es como el espíritu organiza sus mejores fiestas.

El libro Poesía de la Ciudad de La Habana, del siempre peleador Angel Augier, había preparado el terreno para con otros ojos volver a ver el filme inglés Nuestro hombre en La Habana, exhibido en Historia del Cine.

Unas cuantas veces atrapado por la retina, ese extraño policíaco sería enfrentado en esta ocasión no con un interés cinematográfico por la trama, la dirección y los actores, sino buscando cazar cada decorado y atmósfera de una ciudad ambientada en los años cincuenta.

La sed de memoria, la repentina inquietud por La Habana bullendo en la sangre, la acababa de despertar la compilación de Augier, un viaje poético de siglos por esta ciudad donde cada transeúnte, sabiéndolo o no, ha dejado y recibido una contraseña.

Si viví un gran amor —escribe Fayad Jamís— fue entre tus calle,/ si vivo un gran amor tiene tu cara,/ ciudad de los amores de mi vida,/ mi mujer para siempre sin distancia.

La entrega de Angel Augier es de esas revelaciones que uno lee y pone a volar en busca de una remembranza, o de una recreación que a causa del mucho tiempo transcurrido necesita ser imaginada.

En 1762, la Marquesa de Jústiz, vaciando dolor y rabia ante la capitulación española frente a los ingleses, plasma en métrica el sentimiento de las mujeres cubanas y envía las décimas al rey Carlos III: ¿Tu ya en extraño dominio?/ ¡Qué dolor, oh patria amada!/ Por no verte enajenada/ ¿cuántos se sacrificaron?/ ¿Y cuántos más envidiaron/ tan feliz honrosa suerte,/ de que con sangre en la muerte/ tus exequias rubricaron?

El libro, publicado por Letras Cubanas en una colección auspiciada por la Oficina del Historiador, recoge en 314 páginas las entregas más inimaginables surgidas tanto de las plumas de cubanos como de artistas de otras latitudes que cayeron rendidos ante los encantos de la ciudad. ( O que, sin dejar de reconocer lo grandioso del descubrimiento, pusieron al desnudo la otra cara del deslumbre).

Más de 130 autores recogidos en este libro, cantándoles a las calles, las plazas, las fuentes, los parques, las mujeres, los amores idos y los que vendrán, El Vedado y Jesús María, el Morro y las olas del Caribe, el cañonazo de las nueve, la vegetación, los patios y los jardines, las luces y los colores, los bustos de Martí, la dignidad y de nuevo el amor transitando en un ómnibus, exactamente la ruta 14, cuatro ruedas que sirvieron de inspiración para que el enamorado Cintio le escribiera a su amada Fina:

...emocionante oro de la Habana aquella/ donde tu me esperabas,/ línea destinada/ de mi corazón al tuyo! (...) Este acordeoncito tierno, /cargado de rocío, / en que ahora vamos juntos al trabajo, amor, /tiene ruedas y timón de poesía.

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