 Eterno despegue de un Ejército Entrevista con el general de cuerpo de ejército Rigoberto García Fernández, jefe del Ejército Juvenil del Trabajo, institución que festeja este 3 de agosto su cumpleaños 28 FELIX LOPEZ Ni todo el espacio de esta edición bastaría para contar la historia de una tropa que en 28 años no ha perdido una sola batalla. Ese es el único obstáculo a franquear en esta entrevista, porque nuestro anfitrión, el general de cuerpo de ejército Rigoberto García Fernández, jefe del Ejército Juvenil del Trabajo, es uno de esos criollos locuaces, que no se sirve del rodeo ni para decir la más dura de las verdades.
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MARIO FERRER |
Por la zafra dejó el EJT una de sus más productivas huellas. Durante los últimos 24 años él ha estado al mando de esos jóvenes que dejaron sus huellas en importantes obras del país: la vía del ferrocarril Habana-Santiago de Cuba; cientos de escuelas en el campo en la Isla de la Juventud, Jagüey Grande, Sierra de Cubitas...; la electrificación de la intrincada Baracoa, grandes hospitales, y las primeras inversiones del polo turístico de Cayo Coco.
"Pero antes de constructor —recuerda Rigoberto—, el EJT cumplió la misión de suplir la falta de fuerza laboral en varios territorios del país, principalmente en Camagüey, Ciego de Avila y Las Tunas. La Revolución, además de libertad, significó también más posibilidades de empleo y superación profesional; y eso motivó que comenzara a faltar la mano de obra en la caña y otras actividades de mayor rigor.
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RICARDO LOPEZ |
Durante la entrevista, el general Rigoberto recibió la visita de un gran amigo y compañero de lucha, el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque. "Con ese encargo productivo nació nuestro Ejército. Pero siempre trabajamos con la perspectiva de que los soldados no se quedaran para siempre como responsables de esas actividades, sino de que fueran retornando, a través de un proceso natural, a los organismos que les corresponden".
HUELLAS COMPARTIDAS —Hasta aquí hemos hablado de las huellas que ha dejado el EJT a lo largo de la Isla, ¿pero qué le aportó esta institución a los que la integraron durante estos 28 años?
—"Entre los cerca de 320 000 jóvenes que han engrosado las filas del EJT (casi unos 13 mil combatientes por año), aproximadamente el 17 por ciento recibió entre nosotros la condición de militante de la UJC o del Partido; miles de esos muchachos pudieron acogerse a la Orden 18 del Ministro de las FAR, y hoy son médicos, ingenieros, maestros...Yo me los encuentro en todas partes.
El mercado agropecuario del EJT, en Tulipán, Plaza de la Revolución, obligada
referencia del pueblo en la capital.
"Por otro lado
—agregó Rigoberto— hay una gran cantidad de oficios que en la calle muchas personas no pueden aprender: choferes, operadores de equipos pesados, de combinadas y de centros de acopio. Y muchos otros han asumido el mando de colectivos, posibilidad que los convierte en un buen jefe, y les permite pasar a la vida civil con mayores disciplina y responsabilidad".
—Justo cuando se inició el período especial, el General de Ejército Raúl Castro advirtió que eran más importantes los frijoles que los cañones, ¿cómo hizo el EJT para hacerle justicia a ese pensamiento, y al mismo tiempo incrementar la eficiencia y el rigor en el uso de los recursos?
—"Nuestra razón de ser siempre fue la producción, cumpliendo un ciclo de preparación militar. En la primera fase nos convertimos en una fuerza totalmente de apoyo, sin responsabilidad económica. Recuerdo que en la caña las únicas actividades que cumplíamos era la del corte manual, la siembra y algún cultivo... Como consecuencia no había motivación y casi siempre éramos considerados responsables de lo que no salía bien.
"Eso nos llevó al convencimiento de que teníamos que asumir, de principio a fin, la responsabilidad absoluta de todas las misiones que se nos encomendaran. Y fue así como comenzamos a sembrar caña, cortarla, alzarla, procesarla y hasta molerla. Logramos administrar centrales azucareros y empresas de cítricos, de café y de cultivos varios. Dueños de lo bueno y de lo malo que hacemos.
"A partir de ese método crecieron los niveles de producción y aprendimos a optimizar los recursos humanos y materiales, proceso por el que hoy transitan casi todas las empresas del país. Y eso significa que somos rentables, que existe disciplina económica y llevamos diez años cerrando con utilidad de millones de pesos".
—Por la posición que ocupa la Empresa de Cítricos de Jagüey Grande, al lado de la Autopista Nacional, el pueblo fue testigo de su deterioro y de cómo el EJT la levantó, casi de las ruinas, para convertirla en una empresa socialista a la altura de las más productivas del mundo: ¿no le dolió al EJT entregarla al MINAGRI después de tanto esfuerzo?
—"Con honestidad tengo que admitir que no es fácil desprenderse de las cosas que uno ha visto prosperar y lograrse. Algunas personas ajenas a nosotros nos han dicho que nos apresuramos, que no era el momento de dar ese paso. Y yo les he recordado a todos que una de las mayores virtudes de esta Revolución ha sido la de confiar en los hombres. Allí, además, se quedan las mismas personas y los cuadros que ayudamos a formar."
—¿Les dejó algún consejo particular para que sigan adelante?
—"Lo único que puede llevarlos atrás es la falta de exigencia de los niveles superiores. Cuando esta se mantiene pasa lo que a la Empresa y al Combinado de Cítricos de Jagüey Grande, que hoy están igual o mejor que cuando los teníamos nosotros."
—Ustedes han demostrado que todo es posible, ¿siente que las instituciones productivas del país por donde ha pasado el EJT han asimilado sus enseñanzas?
—"Yo diría que hay determinados niveles de dirección que acogen con agrado las experiencias renovadoras. Ahí tienen el ejemplo de nuestros mercados, que le sirvieron de paradigma al MINAGRI para inaugurar dos unidades en la capital... Pero hay otras cosas que hacemos con resultados y que a veces cuesta trabajo que otros se apoderen de la idea, del mensaje".
PENSANDO EN EL PUEBLO Desde hace un buen tiempo, cuando se habla de comercialización de productos agropecuarios, son recurrentes las alusiones de la población a los mercados del EJT. Y es que estos últimos lograron sacudirse de los esquemas establecidos por las unidades del MINAGRI y del MINCIN, donde los intermediarios ponen precios astronómicos y se mueven en un ambiente de impunidad y desprotección al consumidor.
"Al reabrirse los mercados agropecuarios
—rememora Rigoberto—, decidimos llevar a ellos el 20 por ciento de nuestra producción (entonces con 1 500 000 quintales en cultivos varios). ¿Qué pasó? Llegamos a la Plaza de Marianao y había que pagar hasta por los anuncios en el audio... Nos fuimos con los camiones a los barrios y comenzamos a vender más barato. Después organizamos las primeras ferias en la Plaza de la Revolución y en otros lugares de la capital y del país.
"En estos momentos nuestros tres mercados facturan 10 millones de pesos mensuales. El 60 por ciento de los productos son nuestros, y el resto pertenece a los concurrentes privados, que no quiere decir intermediarios. A ellos solo les cobramos el 2,5 por ciento que establece el Estado, y nada más. Porque nuestro objetivo es que ellos bajen cada vez más los precios".
—Por su experiencia en el tema, ¿qué urge resolver al resto de los mercados agropecuarios?
—"Eliminar toda manifestación de trapicheo y corrupción, y junto con ello la falta de exigencia de quienes los dirigen... Si existieran menos unidades tendrían más posibilidades de organizarlas. Cuando hay mil mercados es superior el número de intermediarios: el boniato, por ejemplo, sale del campo entre 18 y 20 pesos el quintal, y termina aquí en La Habana en 120 pesos".
VERDAD SIN LIMITES Aunque no es el inicio de esta entrevista, el primer tema de conversación con el general Rigoberto estuvo relacionado con la sobriedad de su despacho:
"No hay buró desde hace mucho tiempo —advirtió— porque aquel mueble se me antojaba como una frontera entre jefe y subordinado. Me gusta que vengan a mí con la verdad y sin que nada los inhiba".
Muchas otras sorpresas nos deparó aquella hora de diálogo con este Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Rigoberto, al que muchos consideran un guajiro avezado, ha pasado gran parte de su vida en la ciudad y sus mayores conocimientos son militares. Lo salva su desmedida afición por la lectura, esa que lo lleva de una novela histórica a un manual de agricultura.
"Ahora —dice sin disimular su felicidad— les estoy dedicando a mis cinco nietos el tiempo que no pude ofrecerles a mis hijos".
—General, ¿y qué ha hecho usted para estar 24 años en un mismo puesto sin convertirse en presa de la monotonía?
—"Hay un secreto: no me acostumbro a los subordinados, ni a los resultados de nuestras unidades y no permito que ellos se acostumbren a mí. Es como si me montara en un avión con ellos, y les encendiera el botón que indica
'abróchense los cinturones'. Pero les hago una trampa. No lo apago nunca. Y vivo en un eterno despegue."
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