Intrusos supersónicos

ORFILIO PELAEZ

Dice la tradición popular que cuando uno observa en el firmamento una estrella fugaz (o meteoro como prefieren llamarle los astrónomos), debe pedir en silencio un deseo y este se convertirá en realidad.

Los tres pedazos de roca pertenecen al primer meteorito encontrado en Cuba, en las cercanías de Mango Jobo, provincia de Pinar del Río, en 1938.

Pero más allá de la leyenda, lo cierto es que en su constante viajar por el espacio, decenas de miles de esos cuerpos celestes, atraídos por la fuerza de gravedad, penetran a diario en la atmósfera terrestre a la increíble velocidad de 76 kilómetros por segundo.

JORGE VALIENTE    

Los investigadores
 Jorge de Huelves, Efrén Jiménez y el espeleólogo Reinaldo Fleita, conceden valiosa importancia al estudio de estas rocas espaciales.

La mayoría de ellos se funden y pulverizan al quemarse por la fricción generada al atravesar las diferentes capas atmosféricas, y los que llegan a la superficie, lo hacen convertidos en verdaderos proyectiles supersónicos, capaces de abrir grandes cráteres, con diámetros superiores a los 200 metros en algunos casos.

A estos pedazos de roca espacial, desprendidos de las colas de los cometas, asteroides y otros objetos procedentes del cosmos, se les da el nombre de meteoritos, los cuales representan una valiosa fuente de información en la búsqueda de nuevos datos sobre el origen del sistema solar, pues la Tierra y otros planetas de nuestra galaxia se formaron en un continuo proceso de choque de partículas ocurrido hace cuatro mil 500 millones de años, y la masa de esos intrusos visitantes del espacio porta las huellas de aquel proceso.

Incluso, hoy en día la Tierra recibe un baño anual de miles de toneladas de meteoritos y polvo interplanetario. Entonces cada estrella fugaz es un minúsculo recuerdo de nuestro agitado pasado.

METEORITOS EN CUBA

Según el licenciado Efrén Jiménez Salgado, del departamento de Estudios Geoambientales del Instituto de Geofísica y Astronomía del CITMA y presidente del grupo Pedro Borrás, de la Sociedad Espeleológica de Cuba, la caída de meteoritos es un fenómeno sumamente frecuente en el mundo.

Muchas personas, aclara, no lo ven así porque al partirse en tantos pedazos se confunden con las rocas terrestres y son difíciles de encontrar. También pueden esconderse en el subsuelo o penetrar en las profundidades de los mares y océanos.

De igual modo, subrayó, desde el momento en que el meteorito hace contacto con la superficie comienza a transformarse por la influencia combinada de varios factores, entre ellos, la lluvia, erosión, humedad y oxidación. Todo esto crea dificultades a la hora de localizarlos.

Muchos son los ejemplos de notables "lluvias de meteoritos" ocurridas en diferentes partes del globo terráqueo. Baste mencionar la reportada en la noche del 19 de julio de 1912, en la localidad de Galbruck, Estados Unidos, cuando en un área de cuatro kilómetros cuadrados se recogieron 14 000 meteoritos, con un peso total de 218 kilogramos.

Otro "bombardeo de rocas" tuvo lugar en Polonia el 30 de enero de 1968 al contarse más de 3 000 en un lapso de apenas unas cuántas horas. De manera individual sobresale el llamado meteorito del Chaco, en Argentina, con 33 toneladas de peso y un enorme cráter.

En Cuba, indicó Efrén, se ha podido confirmar hasta la fecha la caída de cuatro meteoritos. El primero de ellos fue descubierto en 1938, en el poblado de Mango Jobo, Pinar del Río. Dicho cuerpo se fragmentó en tres pedazos de 1 099, 344 y 162 gramos de peso, respectivamente, y estaba compuesto por hierro y níquel. Mostraba el efecto de las quemaduras producidas por el contacto con la atmósfera a tan alta velocidad y en la década del 80 se exhibió al público en el Museo Nacional de Historia Natural, ubicado por entonces en el Capitolio.

Casi cuarenta años después, en agosto de 1974, el ingeniero Arnaldo Correa encontró otro meteorito en la zona de Bacuranao, a unos ocho pies de profundidad y a cuarenta metros de la costa. También reflejaba las marcas de la intensa fricción recibida al avanzar hacia la superficie terrestre.

Alrededor de las 10 de la mañana del 10 de junio de 1994 y ante la mirada atónita de dos campesinos que realizaban sus faenas en la finca Palmarito, a dos kilómetros de Lajas, Cienfuegos, apareció en el cielo una suerte de globo abrasador que dejó tras sí una estela de luz y cayó a pocos metros de ambos hombres.

En un artículo publicado por el doctor Jorge Pérez Doval en la revista anual del Instituto de Geofísica y Astronomía correspondiente a 1995, se narra que los campesinos sintieron ruidos parecidos a descargas de piezas de artillería pesada y tras varios segundos estos se fueron extinguiendo de forma paulatina.

Al excavar en el lugar del impacto, vieron una piedra de color gris de 12 por 5 centímetros y un peso de 400 gramos, con señales bien claras del calentamiento sufrido al entrar en la atmósfera terrestre.

Y el cuarto caso ocurrió al parecer en el mes de febrero de 1996 y por primera vez se hace público ahora en un medio de prensa. Durante una excursión realizada a la Cueva del Indio, en Calabazar, integrantes del grupo Pedro Borrás, de la Sociedad Espeleológica de Cuba, descubrieron de manera casual a un costado de la cuneta de una carretera, un pequeño cuerpo con fuerte brillo metálico en perfecto estado de conservación, dividido en dos partes.

Desde un principio, precisan Efrén y el espeleólogo Reinaldo Fleita, tuvimos la total de certeza que se trataba de un meteorito, lo cual fue confirmado posteriormente tras ser sometido a los análisis químicos requeridos y de Rayos X, realizados por especialistas de la Empresa Central de Laboratorios José Isacc, del MINBAS, entidad certificada con las normas ISO 9000.

El peso del fragmento mayor es de 117, 5 gramos y por encontrarse en tan buen estado, se estima que fue localizado a las pocas horas de llegar a la superficie. Está compuesto por una rara aleación de hierro y silíceo, conocida como mineral perryta, inexistente en nuestro planeta. Tiene la singularidad de ser el único encontrado en el perímetro urbano de Ciudad de La Habana.

Quizás hayan caído muchos más meteoritos en el archipiélago cubano y hasta los podemos haber pisado sin darnos cuenta por parecernos algo insignificante. Sin embargo, cada vez que tropecemos con una piedra o roca de aspecto raro, podríamos tener delante los ladrillos originales que fabricaron el sistema solar y los primeros seres vivos.

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