La Historia nos absolverá

FELIX LOPEZ
Fotos: Juvenal Balán, Jorge Luis González, 
Raúl López y Arnaldo Santos

¿Qué cuartel resistiría un solo minuto de asalto ante esa multitud de habaneros que acaba de remover los cimientos del imperio? ¿Quién no comprenderá mejor a los jóvenes de la Generación del Centenario, después de haber protagonizado, bajo las órdenes del mismo líder de aquella acción, el más histórico 26 de Julio de la era revolucionaria? ¿Cuándo acabarán de conocernos?...

Con todas las respuestas sobre el Malecón, Cuba acaba de cumplir 48 años "asaltando" la Esperanza. Esta vez con la certeza de que el "ataque" abre otra brecha en las mentiras de nuestros enemigos y sus leyes criminales; mientras seguimos arrebatándoles, en lugar de armas, a cinco héroes de la Patria, prisioneros de la maldad y el odio de quienes ya se saben perdedores.

Sobrados motivos para que Fidel, volviera a llamar al combate y se pusiera en la primera línea... Como en el Santiago insurrecto, la madrugada fue de insomnio, estrategias y últimos detalles. Justo cuando el sol dejó asomar sus primeros rayos, apareció el viejo jeep de otras contiendas. El Comandante venía acompañado de un invitado, Sayed Hassan Khomeini, nieto del Ayatollah Rohullah Khomeini, líder de la Revolución Islámica.

El primer saludo del Jefe de la Revolución —para inquietud de quienes no dejan de hablar de "sucesores" y "era pos Castro"—, fue para el ejército de jóvenes Trabajadores Sociales, a la vanguardia de la tropa. Allí, justo frente a la estatua de José Martí, sempiterno acusador del imperio, Fidel escuchó el mensaje enviado al pueblo cubano por René, Gerardo, Antonio, Ramón y Fernando.

Eran las ocho de la mañana. Fidel consultó su reloj, y de inmediato se escuchó el Himno de Bayamo. La señal de combate.

Había comenzado la más gigantesca marcha de nuestra historia. Con simbolismo indescriptible, la dirección histórica de la Revolución compartió la primera línea con caras cada vez más jóvenes, mientras Melba y Vilma caminaban entre las madres, hermanas y esposas de nuestros cinco hermanos prisioneros. Y escoltándolos, cientos de amigos de otros países, entre quienes sobresalían los 200 jóvenes norteamericanos que visitan a Cuba.

Con ellos, nuestras consignas comenzaron a corearse en todos los idiomas. Unos trajeron el mensaje de los que no dan tregua a los banqueros y han dicho NO a la globalización neoliberal en Seattle, Washington, Davos, Quebec y Génova. Otros, los puertorriqueños, les recalcaron a los yankis que retiraran a su marina de Vieques. Los estudiantes norteamericanos añadieron sus banderas, seguros —como nos advirtió desde la multitud Estevan Nembhard— de que con ella representan a su pueblo, pero no al gobierno.

Volvían a juntarse el pueblo y sus Fuerzas Armadas Revolucionarias. Al frente de ellas, el General de Ejército Raúl Castro, acompañado de los legendarios Comandantes Almeida, Guillermo y Ramiro, servían de anfitriones al Coronel General Phan Van Tra, ministro de Defensa de la República Socialista de Viet Nam, de visita desde ayer en la Isla.

Y tras ellos, como en un verdadero río humano, aparecieron los homenajeados de este día: el pueblo de la provincia de La Habana, que representado por más 300 000 habitantes de ese territorio regresó, multiplicado, al Malecón de otras batallas. Miles de anécdotas se conocerán en lo adelante de esta inolvidable madrugada, en que los habaneros llegaron en todo tipo de transportes y por todas las vías de acceso posibles, para emular con los capitalinos en el amanecer del Día de la Santa Ana.

Ni el largo viaje, ni las horas sin dormir pudieron minimizarles energías y entusiasmo. Los habaneros sabían su lugar en el combate. Y cumplieron. Todavía resaltan en las imágenes sus enormes pancartas: "VOLVERAN", "Abajo el bloqueo genocida", "Hay sangre de Artemisa brillando en la bandera"... A esta última, en honor a la verdad, habría que agregar otra más contemporánea: "Hay sudor habanero en el corazón de la batalla de ideas"...

Sudor y alma de las dos Habana, porque los capitalinos no han sido menos en esta heroica jornada, donde en representación de todos los cubanos, asestaron otro duro golpe moral a anexionistas y mafiosos que siguen promoviendo crímenes y leyes en la orilla más cercana del Norte, y a sus amos que se niegan a ver la realidad tal como es: Cuba no será más lo que fue hasta enero del 59.

Desde lo alto de la SINA, una decena de funcionarios, con cámaras fotográficas y binoculares, seguían los detalles de la marcha. Algunos miraban a ratos sus relojes. Si lo que necesitaban era informar a Philip Reeker, el portavoz del Departamento de Estado que sugirió hace dos días a los cubanos "quedarse en casa", bastaría con que tomaran prestadas las fotos que desde un helicóptero no logran encuadrar toda la avalancha humana que desbordó los 5 kilómetros de Malecón, entre el Prado y la Avenida de los Presidentes.

Cuéntenle a ese vocero injerencista, que solo nos propusimos llevar a un millón doscientos mil habaneros a la marcha, pero las respuestas que este país puede dar a sus enemigos son impredecibles. Ya se había advertido en el editorial del pasado 24 de julio: "¡Es un pueblo que sabe luchar, que ha vencido y seguirá venciendo!". A esta hora, si no ha hecho como el avestruz, las imágenes trasmitidas por la CNN y otras televisoras, además de los informes de las agencias de prensa establecidas en Cuba le habrán demostrado el tamaño de su papelazo. Qué bruto: venir a decirles a los criollos desde el Norte que no sabemos pensar, cuando aquí hasta los niños saben muy bien por qué luchan y contra quién.

El imperio intentará desconocer lo que sucedió este 26 de Julio, como una forma de juzgarnos por haber estremecido las calles de nuestra capital, demostrando a los demás pueblos del mundo que estamos en pie de lucha junto a ellos, combatiendo todas las injusticias, desde el criminal bloqueo, el terrorismo contrarrevolucionario o el inmoral encarcelamiento de nuestros cinco compatriotas, defensores y exponentes de la dignidad de un pueblo. Dispuestos a conquistar un futuro mejor para todos los habitantes del planeta. Y esta vez, como en aquel alegato premonitorio de Fidel, la historia nos volverá a absolver. Ya lo ha hecho.

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