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Julio Breff: poesía de tierra adentro


MANUEL LOPEZ OLIVA

Hay artistas a los cuales se les designa casi siempre como ingenuos, naif o productores de arte crudo, como si solo se tratara de individuos que pertenecieran a una tipología humana de tontos, personas simplonas o muy distantes de los que en el campo de las artes plásticas se ha denominado cocina o metier.

Si observamos con una visión justa y responsable a la mayoría de estos creadores, advertiremos que son sencillamente eso: artistas. Digo esto porque lo que en el arte determina la función, el valor o la identidad del modo de hacer no es precisamente la procedencia rural, urbana o de escuela, afición o sentido investigativo presente en la naturaleza de un hombre dedicado al trabajo de la imaginación. Lo que dice si se trata o no de un profesional de la plástica, por ejemplo, es el resultado de la labor que despliega, la capacidad que tienen sus realizaciones de emocionarnos, hacernos pensar, transmitirnos a otro plano de la percepción y de la fantasía, establecer con nosotros un diálogo en el que uno también se convierte en parte o interlocutor indispensable de la imagen.

Esto último legitima la condición peculiar y a la vez artísticamente normal de Julio Breff, cuyos cuadros habitan estos días la galería La Acacia en el corazón de La Habana. Siempre ha sido un creador sincero, vinculado a su espacio vital, al contexto donde se desenvuelve, a la manera llana y transparente de sentir, a una mezcla de humor y drama cotidiano salpicado constantemente de lo que es propio a la naturaleza popular del cubano: el erotismo, las ambivalencias expresivas, lo que alguna vez se ha denominado barroquismo o mezcla indefinida y, a la vez, la tendencia a situar lo histórico en un plano en el que uno no sabe si es verdad o solo una maravillosa mentira.

Las obras suyas, trabajadas como poesía de tierra adentro, transparentes y a la manera de una inacabable crónica de la vida en la que también Julio opera con filosofía, lirismo y sentido crítico, nos revelan una permanente suma de lo escuchado y leído, del chisme y los refranes, de la burla y las cosas íntimas, sagradas o solo serias. Del mismo carácter simbiótico de su personal estética nacen la explicación a cuanto combina, las certezas súbitamente convertidas en cuadros oníricos, el "disparate" que nos permite penetrar en el dominio de la fábula y sentirnos, dentro de esta, como en la más cómoda y natural posibilidad de existencia.

Julio no se limita. Julio tampoco teme a la descripción. Julio no se detiene en la combinación amorfa de lo mal hecho, no pocas veces provisto de mal gusto y espíritu simplón que ciertos "especialistas" en arte primitivo suelen convertir, como por golpe de vara mágica, en "soluciones geniales" de la creación del inconsciente.

Julio es claro y directo, como la gota de agua que cae todas las mañanas en la misma hoja y nos entrega, cuando la observamos, una visión siempre diferente. Julio, al pintar, coloca mucho de lo que somos y ciertas ocurrencias que integran el paisaje antropológico de lo cubano delante de un verdadero espejo, que es, en última instancia, la dimensión esencial de sus improvisaciones.

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