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 Lecturas Misión cumplida
ROGELIO RIVERON En razón de su magnitud y de su carácter unívoco, el lector va a la novela con mayor solemnidad que a un libro de cuentos. Desechando una escala fundamentalista que la catalogaba casi como un género para indolentes, también el crítico le exige a la novela profundidad conceptual, caracteres sorprendentes y un bagaje cultural que multiplique su altura estética.
Lo cierto es que la novela es un género de madurez y, por demás, un proyecto de paciencia y de búsqueda. En Misiones, publicada recientemente por la editorial Letras Cubanas, del Instituto Cubano del Libro, Reinaldo Montero (Ciego Montero, 1952) logra dar fe de todos estos presupuestos con una galanura contenida que no nos deja otra opción que el asombro.
Se trata de un libro voluminoso (810 páginas exactamente), pero el dato no debe asustarnos. A fin de cuenta, no se lee para llegar al final del libro, sino para estar en él. El tiempo, es decir, su transcurso, y por tanto la vida y su brevedad se erigen en Misiones en un tema que es analizado desde múltiples perspectivas y a través de personajes ficticios e históricos, de vidas y muertes que se entrecruzan, que dialogan una con la otra, dando forma a un intenso contrapunteo de épocas y verdades.
Pero resulta —y todos lo sospechamos— que una novela de esta envergadura nunca queda reducida a un solo tema, aunque predomine en ella una intención central. De modo que Misiones es fuente de interrogantes filosóficas, cotidianas, existenciales y hasta absurdas, cuando lo cree pertinente. Y es además un fresco vital para que disfrute el que busque disfrute, para que ría quien sepa descifrar su humor, si bien aquí la lectura nos exige cierta preparación del intelecto.
Minucioso, dueño de una ascendencia sobre el lenguaje que le proporciona imágenes de profunda exactitud, Reinaldo Montero corre con suerte el riesgo de profetizar lo pasado. Sus personajes, incluso los de probada esencia histórica, cubanos o de otros confines, pueden desenvolverse según el propósito del autor, o según el de ellos mismos, gracias a ese juego autorizado que eleva a una obra de arte hasta la tierra de las sensaciones ideadas.
"Ninguna novela debe ser más larga que La guerra y la paz", dice, malicioso, un personaje de Isaac B. Singer, Premio Nobel de Literatura en 1978. Misiones, la última novela de Reinaldo Montero, ahora en librerías, quiere aproximarse a la conocida obra de Lev Tolstói en cuanto al número de páginas y quién sabe si también en cuanto a sustancia novelable.
Mi comparación es, por supuesto, una broma. No lo es el aliento de Misiones, obra tensa, de múltiples sentidos, de personajes cuyos rostros son nítidos, de historias donde al dolor sigue una esperanza, no importa si algo mustia; de razones, en fin, para la sonrisa y la perplejidad.
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