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 Nada más lindo que ser delegado
María Julia Mayoral
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ALBERTO BORREGO |
Dar con el paradero de Rosendo Expósito Díaz se hace difícil desde la capital; las líneas telefónicas no ayudan. Un recado en "la pública" de Pedro Pi finalmente abre el camino para encontrarnos con ese hombre muy querido entre los pobladores de Tapaste, Pedro Pi, Valle del Perú, en el habanero municipio de San José, donde a cada momento alguien le sonroja hasta la médula con la felicitación reiterada por su condición de cuadro destacado del Estado en el año 2000.
Tras el reconocimiento en la sede del Consejo de Estado, el apartamento se le llenó de vecinos. Sin él saberlo prepararon el homenaje a modo de "asalto" desde adentro. Chiquillos y adultos escondidos en los cuartos de su vivienda esperaron para darle la sorpresa. Después de aquello, el diploma protegido por un marco de madera con cristal y la carta enviada a los familiares descansan en la mesita de noche junto a su cama, dándole más energías para continuar una faena con rasgos de "privilegio", pues "no hay nada más lindo, comprometido y reconfortante que trabajar para el pueblo".
Va para ocho años en el puesto de delegado; un aprendizaje que luego amplió con su elección como presidente del Consejo Popular en la zona, caracterizada por el sentimiento de pertenencia de los pobladores y la vocación de prosperidad a partir del esfuerzo comunitario.
Cuando, temprano en la mañana, topamos con él a la entrada de Pedro Pi estaba a la espera de unos sacos de cemento. "Son para arreglar el parque con la fuerza de los propios vecinos. Aquí todo se hace con la gente". Disfruta al contarnos la historia; es el punto de partida para relatar sobre las decenas y decenas de parcelas sembradas por las familias, donde cosechan de todo: plátano, calabaza, maíz, vegetales, frijoles..., mientras nos invita a caminar por las plantaciones por eso de que "vista hace fe".
Por el empeño de Expósito y los demás delegados del Consejo, se ha ido creando una cultura sólida de participación popular. Las calles, las tierras antes baldías y llenas de marabú, la recogida de los desechos domiciliarios, el pequeño estadio de pelota, la escuela, el policlínico, el proyecto cultural los Pequeños Príncipes... son testigos de esa voluntad de hacer y mejorar con el esfuerzo de todos los pobladores y sus organizaciones comunitarias.
Para este hombre de 75 años parece no haber tiempo para el descanso. "Un delegado tiene que vivir pendiente de los problemas, buscar cuantas vías haya para solucionarlos. Andar con luz corta y luz larga todo el tiempo, alertando, previendo, señalando los errores, pues a veces hay gente que se marea ante las dificultades y sin pensarlo mucho ya te están diciendo: esto no se puede".
Quienes lo conocen, distinguen por encima de todas sus cualidades la laboriosidad, el espíritu luchador y esa vocación innata de unir gente, escuchar las ideas de los demás y llevarlas adelante como si fueran suyas. Para Expósito no se trata de nada especial, dice haberlo aprendido del padre y las dos hermanas mayores, una carnal y otra de crianza, Julia, que todavía vive en su pueblo natal de Vueltas, provincia de Villa Clara, desde hace 94 años.
"A la muerte de mamá, después de darnos a luz a mí y a mi hermano gemelo
—murió a los pocos meses— ellos se hicieron cargo de criarnos; si no hubiera sido por la miseria de aquellos tiempos las cosas hubieran sido diferentes. Los seis salimos trabajadores, personas honradas; pero nada de estudios; yo me hice técnico veterinario a los 40 años."
Con esas verdades en la mente y el corazón, no tardó en incorporarse al Movimiento 26 de Julio, a una lucha que prosigue hoy desde el digno puesto de delegado del pueblo.
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